Lali observó a Peter acercarse a la mesa de los mariscos y pensó en romperle la pesada escultura de hielo en la cabeza. Todo había empezado como una gran fiesta. Disfraces bonitos. Comida estupenda. Él lo había estropeado todo.
Aún no podía creer lo que le había hecho. Fingir ser Pablo para que lo arrastrara hacia el armario. No había cambiado en nada en todos esos años. Siempre había sido capaz de volver su mundo del revés. Al menos era consistente. No podía soportar pensar en lo que... cómo había... Enterró la cara en las manos y gimió.
—¿Lali?— Separó los dedos y miró a Pablo. Si alguna vez lo averiguaba, si sospechaba algo, la odiaría para siempre. No podía culparlo. ¿Cómo había sido capaz de confundir a Peter con Pablo? Ni siquiera con el mismo disfraz, ni en la oscuridad, ni después de todo el champán que había bebido. Resultaba inexcusable. Era una rata, una traidora, una idiota —Iré a buscarlo —dijo Pablo— No permitiré que te perturbe de esta manera.
Lali: No, no, para —alargó la mano y él se detuvo— Es sólo por unos días. Está bien. Me hallaré demasiado ocupada como para notar su presencia. De verdad, olvídalo.
Pablo: ¿Estás segura?
Lali: Mamá y papá se ocuparán de Peter— asintió, y se volvió hacia ellos— ¿No es así?
Gime: Sí —respondió— Tene la certeza de que Peter no interferirá. Te lo garantizo —apoyó la mano en el hombro de Pablo— Y ahora bailen un poco. ¡Es su noche especial! Disfruten. Yo iré a ver por qué en la última hora no he visto servir canapés de caviar.
Su padre siguió a su madre y no pudo evitar imaginar lo que le esperaba a éste en cuánto se hubieran marchado los invitados. Rara vez contradecía a su madre, y jamás en público. Lo que le costaba entender era por qué lo había hecho esa noche. Sabía lo sucedido con Peter. ¿Por qué no había echado a su ex yerno a patadas? No tenía sentido.
Intentó pensar con lógica, pero de pronto la orquesta le pareció demasiado ruidosa, la gente demasiado opresiva y el aire demasiado espeso. Necesitaba salir de ahí. Se dirigió hacia el vestíbulo, donde la situación era un poco más relajada. Pablo: No me gusta esto —indicó. Maldición, Lali casi había olvidado que lo tenía a su lado, algo que se negó a analizar. Sonrió, con la esperanza de que no se hubiera dado cuenta.
Lali: Lo sé. Pero, por favor, no dejes que eso estropee una velada adorable —le rodeó el cuello con los brazos y le resultó desconcertante mirarlo con amor a un solo ojo. Pensó en besarlo, pero al ver sus labios fruncidos la idea no la sedujo.
Pablo: Si el sábado no se marcha...
Lali: Lo agarrarás por el cuello y lo echarás a la calle —dijo— Y para cerciorarnos, le darás una patada en el trasero.
Pablo: Te juro que a veces no te entiendo, Lali —movió la cabeza con gesto cansado.
Lali: Claro que me entendes —se obligó a sonar ligera y alegre— Soy todo lo que quieres en una esposa, ¿no? Capaz, organizada. Sé qué tenedor usar, puedo preparar una cena para invitados en dos horas. ¿Qué es lo que no te gusta?
Pablo: Nada —repuso— Pero, ¿que tu ex marido se quede en la casa de invitados a menos de cuatro semanas para nuestra boda? ¿Qué va a decir la gente?
Lali: No te preocupes por eso. Nadie sabrá que está aquí. Yo no lo diré. Además, estaré muy ocupada, ni siquiera lo veré. ¿Y ahora por qué no vas a buscar a Van Pierson? Sé que llevas toda la noche deseando hablar con él.
Al instante la expresión de Pablo cambió, lo cual resultó bastante interesante. Si el Fantasma de la Ópera hubiera sido un abogado, estuvo segura de que habría tenido esa expresión. Con cuidado le quitó las manos de su cuello, le ofreció una media sonrisa y se fue a buscar a Van Pierson, el cual valía su peso en petróleo, aparte de un millón más de barriles de crudo.
—Veo que la costa está despejada— Lali giró en redondo y vio a Rochi con una conciliadora copa de champán en la mano.
Lali: Debería estrangularte.
Rochi: Lo sé. Fui una idiota. Lo siento.
Lali: Tus disculpas no habrían servido de mucho si Pablo lo hubiera imaginado.
Rochi: No lo sé. Quizá no hubiera sido tan terrible.
Lali: ¿De qué estás hablando? —aceptó la copa de la mano de su amiga y regresaron a la fiesta— Habría sido un desastre.
Rochi: ¿Oh? —se echó el cabello hacia atrás—. ¿Habría sido tan malo que Pablo se preocupara un poco?
Lali: ¿Perdón?
Rochi: No me hagas caso. Estoy borracha. O al menos lo intento... santo cielo, mira eso.
Lali siguió la mirada de Rochi. Era Peter, sin maquillaje, sin capa, sin sombrero. Sólo Peter. Parecía fuera de lugar, pero no porque llevara una camisa blanca abierta al cuello y pantalones negros. Lo que pasaba era que hacía que los demás parecieran unos payasos. Todos a su alrededor, desde el alcalde hasta el entrenador de los Houston Rockets, de repente resultaban absurdos con sus disfraces, como niños jugando a una fantasía. Peter era lo verdadero, todo hombre, músculo y poder (ooohhh :o)
Habían pasado cinco años, y con sólo mirarlo se quedaba sin aliento.
Rochi: ¿Cómo dejaste que ese hombre se fuera? —preguntó con voz casi de adoración
Lali: Él me dejó, ¿lo recuerdas? —corrigió, aunque el comentario de su amiga golpeó donde dolía. No había dejado que se fuera. Lo echó con su propia estupidez.
Rochi: Podrías haber ido tras él.
Lali: ¿Para qué? No estábamos hechos el uno para el otro.
Rochi: No lo sé. Jamás te vi más feliz.
Lali: Feliz y engañada —frunció el ceño— Estaba predestinado que no funcionara.
Rochi: ¿No lo echas de menos? ¿Un poquito?
Lali: ¿Echar de menos qué?
Rochi: Como estabas con él —rió— Cómo te hacía sentir. Nunca he conocido a un hombre más excitante que Peter Lanzani. Incluso en el instituto lo era.
Lali: No. No echo de menos nada de eso. Soy muy feliz con mi vida actual, y no la cambiaría por nada del mundo.
Rochi: Si tú lo dices —aceptó con clara incredulidad.
Lali: Sí. Soy tan feliz como puedo serlo —pero su mirada permaneció en Peter mientras éste se movía entre la gente.
Quizá si lo dijera en alto suficientes veces llegaría a creérselo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario