Peter: Únete a nosotros —pidió, como si fuera su casa, sus parientes, su comida. Había cambiado. No sólo el cuerpo y el modo en que se le habían ensanchado los hombros, sino esa confianza interior que antes sólo había visto en el dormitorio, en ese momento era tan natural en él como su sonrisa relajada. Al mirarlo, de pie, tan tranquilo mientras la actividad remolineaba a su alrededor, entendió que ya era un hombre. Un hombre formidable.
Lali: Me siento exhausta —repuso— Creo que iré a buscar a Pablo para despedirme de él.
Peter: Te acompañaré —se apartó de la mesa. Lali estuvo a punto de negarse, pero había algunas cosas que deseaba decirle en privado. Se dirigió a su madre y le dio un beso en la mejilla.
Lali: Gracias por esta noche. Ha sido maravillosa.
Gime: Me alegro de que lo hayas pasado bien. Y no dejes que te engañe —añadió en un susurro.
Lali: No te preocupes —musitó— Lo tengo todo bajo control.
Peter llegó a su lado, y al volverse apoyó la mano en la parte inferior de su espalda. Lali sintió el escalofrío hasta la nuca y avanzó tan deprisa para romper el contacto, que estuvo a punto de derribar una bandeja con copas vacías.
Peter: Ten cuidado —dijo, y alargó la mano para tocarla otra vez.
Una vez en el comedor, el ruido se mitigó y ella sintió que podía volver a pensar. Era el momento perfecto para hablar con Peter. Pablo bajaría en un minuto, de modo que no podría suceder nada. Se detuvo al pie de las escaleras y lo miró.
Lali: ¿Qué haces aquí, Pedro?
Peter: Ya te lo dije.
Lali: Sí, sí. Pero, ¿qué haces realmente aquí?— Le lanzó una mirada inquisitiva, pero ella lo conocía lo bastante bien como para saber que sólo se trataba de una táctica de demora mientras decidía qué contarle. Cruzó los brazos con impaciencia.
Peter: Han cambiado muchas cosas desde que me marché.
Lali: Lo sé. Una de ellas es que te olvidé.
Peter: Yo no te he olvidado a ti —las comisuras de sus labios se alzaron, como si el comentario de ella resultara divertido, pero nada para tomarse en serio.
Las palabras la golpearon con fuerza. Tuvo que aferrarse a la barandilla para estabilizarse mientras se esforzaba por mantener neutral la expresión. Jamás había esperado oírlo decir nada parecido. Se había convencido a sí misma de que en cuanto se marchó no volvió a pensar en ella. Que se había ido tan decepcionado, que nunca más querría verla. Saber eso le había dado fuerzas. ¿Y en ese momento afirmaba que eso no era verdad? No pensaba revelarle lo desconcertada que se sentía.
Lali: Es una pena —repuso con ligereza, como si su mundo no se hubiese sacudido.
Peter: Ya lo veremos.
Lali: No. Sin importar qué jueguecito tengas en mente, ya puedes parar. Estoy con Pablo. Y voy a quedarme con Pablo.
Peter: ¿Por qué?
Lali: Porque es el hombre adecuado para mí— Peter dio un paso hacia ella. Estaban demasiado cerca.
Peter: No es el hombre adecuado, Lali. Sólo es el hombre seguro.
Lali: ¿Y qué hay de malo en ello? —la furia fortaleció sus rodillas y la ayudó a respirar otra vez— ¿No crees que merezco sentirme segura?
Peter: Has tenido seguridad toda tu vida —meneó la cabeza— Sólo has corrido un gran riesgo, y fue cuando te casaste conmigo. Lo cambió todo. Tu aspecto, lo que intentabas, cómo te sentías contigo misma. Nunca estuviste mejor que en ese momento, y tú lo sabes.
Lali: Tenes una memoria sorprendentemente selectiva. Jamás fui más desdichada que cuando estuve contigo, y no pienso sentirme así jamás —él hizo una mueca como si lo hubiera abofeteado.
Peter: Desdichada, ¿eh? No es lo que recuerdo. Yo recuerdo las noches. Las largas noches y todo ese calor.
Lali: Para. Ni se te ocurra hablar de ello. Somos adultos. Imagino que podemos mostrarnos civilizados.
Peter: ¿Civilizados? Nunca quisiste eso de mí — se adelantó y le aferró el brazo con fuerza— ¿O también lo has olvidado? —susurró con voz fiera y llena de noches ardientes y sábanas enredadas, cuando el cuerpo de Lali había temblado y pedido más.
Se libró de su contacto e impuso una cierta distancia entre ellos.
Lali: No importa lo que quisiera entonces. Lo que deseo ahora es que te vayas. Que me dejes en paz.
Peter: No pienso ir a ninguna parte— Lo miró y supo que le decía la verdad. No pensaba irse hasta que estuviera listo. Nada conseguiría que se fuera, ni sus padres... nada. Cuando Peter tomaba una decisión, resultaba inamovible. Sin discusión. Y cuando deseaba algo, lo conseguía. Lo sabía porque mucho tiempo atrás la había deseado a ella.
Lali: Perfecto. Quédate. Pero escúchame, Peter. No siento nada por ti. Nada. El fuego ha muerto, y lleva así mucho tiempo.
Peter: Te creería si no fuera por una cosa.
Lali: ¿Qué?— Se adelantó y sus labios quedaron apenas a dos centímetros de su oído.
Peter: Sabías que era yo en el armario.
Peter mantuvo la vista en su cara. Si se había equivocado, lo sabría en el acto. Los ojos de ella se abrieron mucho y los labios se separaron. Oyó su rápida respiración. El rubor de sus mejillas se extendió por su rostro, haciendo que pareciera agitada. No, no se había equivocado. Había dado en el blanco. Giró la cara para besarla y recordarle que había conocido su sabor, su olor, igual que él el suyo. Pero justo cuando le rozaba los labios oyó la voz de Rocío arriba. Se apartó. El pecho de Lali subió y bajó rápidamente. Desde donde se hallaba Peter, presentaba una hermosa vista. Era agradable saber que aún podía hacer que se agitara de ese modo.
Peter se retiró aún más, dándole mayor espacio. Era tarde, y no quería una escena. Le sonrió a Pablo, esperando que Lali recibiera la señal de que, al menos de momento, no le presentaría más problemas. Aprovechó la oportunidad para observar por primera vez bien a Pablo. Era atractivo, nada notable, pero llevaba marcado en la cara su posición. Había nacido con dinero, igual que Lali.
Pablo: Veo que Gimena tiene al personal haciendo horas extra —comentó con voz amistosa, aunque no lo suficiente como para ocultar una nota de suspicacia.
Peter: Todos están ocupados en la cocina —indicó— Iba de camino a la casa de invitados. Ha sido un día largo.
Pablo: Estupendo, entonces —se acercó a Lali y le rodeó la cintura con el brazo— Peter, si necesitas ayuda con el tema de la compra de la casa, llámame. Tengo gente buena que te puede asesorar.
Peter: Gracias. Pero lo tengo resuelto. Felicidades de nuevo a los dos —se dirigió a Rochi— ¿Te gustaría acompañarme, preciosa?— Ésta asintió, luego contempló a Lali y a Pablo. Algo cambió en el rostro de Rochi, algo ínfimo, sutil, pero real. Una cierta tristeza, melancolía. ¿Por qué? Luego, besó a los anfitriones y lo miró.
Rochi: Soy toda tuya.
Peter: La noche no hace más que mejorar —dijo, tomándole la mano. Pero antes de que pudiera llevársela, Lali se volvió a Pablo con un movimiento ampuloso cuya intención era que él lo presenciara.
Lali: Me siento tan feliz por esta noche. Fue perfecta —entonces lo besó. Con intensidad. Incluso llevó la mano a su nuca para inmovilizarlo. Fue un beso teatral. Pero no funcionó.
Rochi: Bueno, ¿nos quedaremos aquí a mirarlos o te vamos a llevar a la cama?
Peter: Rocío, te he echado de menos.
Rochi: Sí, claro —tiró de él por el vestíbulo.
Peter no miró atrás, a pesar de que sentía curiosidad por saber cuánto tiempo podría Lali mantenerlo agarrado. Esa noche dejaría que pensara que ella había ganado.
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