Lali contempló a Peter mientras la tendía sobre la cama. Respiraba entrecortadamente, como si acabara de correr una gran distancia. El rostro de él, tan fuerte y hermoso, apenas a unos centímetros de distancia, era un estudio en conflicto. El deseo que veía allí era equiparable al suyo, pero también vio duda, vacilación.
Entonces, notó una pequeña cicatriz justo al lado de la sien; años atrás la había estudiado con atención y recordó que era una señal de su pasado. Conocía la historia de esa cicatriz y las de todas las que no se veían. A pesar de todo el dolor, lo amaba. Y al percibir cómo la miraba en ese momento, con la pasión, la preocupación y la abierta necesidad, supo que él la amaba.
Lali: Besame —susurró.
Peter: ¿Estás segura?
Lali: Estoy segura —apoyó la mano libre sobre su torso— Estoy muy segura.
Peter: ¿Y qué me dices...?
Lali: No voy a casarme con Pablo —anunció— En cuanto a todo lo demás, tendremos que ver qué sucede —Él se inclinó y la besó con la intensidad que siempre había existido entre ellos.
Peter se incorporó y desabotonó su camisa con dedos presurosos, se quitó la camisa y reveló el torso más perfecto del mundo. El sonido de la cremallera hizo que Lali bajara la vista para observar cómo salía de los pantalones y de la ropa interior. Su disposición era evidente. Su propia disposición resultaba igual de evidente, por lo que se movió y juntó las piernas para mitigar la presión. Pero sólo había una cosa que podía curarla.
Antes de que pudiera reaccionar, Peter le recogió el vestido y se lo sacó por la cabeza. Sonrió al ver el sujetador rojo, de delicado encaje, que hacía juego con el liguero. Al siguiente instante encontró la presilla, la abrió y desprendió la tela como si estuviera abriendo un regalo.
Le acarició los pechos, apretando la carne con suavidad, luego se inclinó para poder jugar con la lengua en torno a cada pezón. Ella sintió la presión, el dolor de la contracción cuando capturó los capullos entre los dientes y succionó. Lali posó las manos en su espalda y la acarició.
Él levantó la cabeza y la besó en la boca. Al final, se separó y la observó unos momentos, luego le tomó la mano y la guió por su estómago, a través del vello crespo, hasta que ella lo tuvo en sus dedos. Duro, caliente, palpitando con el ritmo de su corazón, dejó que su mano lo explorara, recordando la sensación de cada centímetro. El gemido de Peter nació de su profundo interior.
Peter: Te necesito —musitó— Ahora. Debo estar dentro de ti.
Ella lo soltó y volvió a apoyar la cabeza en la almohada. Peter contempló su cuerpo una vez más; luego dirigió las manos bajo las rodillas de Lali y le alzó las piernas al tiempo que las echaba para atrás. Con movimientos lentos y poderosos como los de un felino, alineó su cuerpo con el suyo, tentándola con la punta delante de su entrada. Lali susurró su nombre mientras la penetraba, jadeó y gritó cuando la llenó por completo.
Lo rodeó con las piernas y lo sujetó con fuerza. Él subió las manos hasta equilibrarse sobre los codos, dándole los labios que ella necesitaba, los besos que engulleron sus gemidos. La embistió una y otra vez, más y más hondo, y ella acarició todo lo que pudo de él, deseando tenerlo aún más pegado.
Peter: Lali —murmuró, y su aliento la hizo temblar— Te amo. Nunca dejé de amarte. Fui un tonto al dejarte marchar.
Ella le tomó la cabeza entre las manos y acercó su boca a la suya. Lo besó profundamente, luego encontró su mirada.
Lali: Sos el único hombre al que jamás amé —dijo— El único hombre con el que he estado y con quien he querido estar.
Él gimió, cerró los ojos y sus embates se tornaron más apremiantes. Sintió que su interior lo apresaba con más fuerza a medida que la fricción se incrementaba más y más, y entonces alcanzó el clímax en un estallido de tembloroso éxtasis. Al gritar, oyó la voz de él, sintió que la penetraba otra vez y lo sostuvo mientras alcanzaba su propia liberación.
Durante un prolongado momento, Peter permaneció quieto. Lali siguió temblando mientras una oleada tras otra de satisfacción recorría su cuerpo, y las contracciones en torno a él provocaban suaves gemidos.
Al rato volvió a mirarla, y sonrió. El placer de ambos era un triunfo compartido, un secreto entre ellos.
Peter: Ni siquiera quiero moverme —dijo él— Quiero quedarme así el resto de mi vida.
Lali: Estoy de acuerdo. Aunque podría llegar a ser complicado dentro de una o dos semanas.
Peter: Ya lo solucionaremos —suspiró y ella apoyó la cabeza en su hombro. Las manos de Lali recorrieron su espalda, y, aunque odiaba reconocer la derrota, se vio obligada a bajar las piernas. Pero él no se apartó. Simplemente se movió una fracción, lo suficiente para que ella lo contuviera con sus músculos.
Peter: Dime una cosa —susurró él con la boca muy cerca de su oído— ¿Siempre fue así? Recuerdo que era estupendo, pero no tanto.
Lali: Creo que tenes razón —sonrió— Y mi memoria es bastante buena.
Peter: Dios —gimió— Tengo que moverme. No quiero, pero debo hacerlo.
Lali: Si debes... —lo oprimió una última vez.
Salió de su interior con un suave siseo de placer, luego se volvió hasta quedar de espalda.
Peter: ¿Crees que al servicio de habitaciones le importará que pida un vaso de agua?
Lali: Tendremos que asegurarnos de que el camarero entre con los ojos vendados, pero creo que la idea tiene mérito— Él rió. Y Lali sintió que todos sus dilemas se habían evaporado. No sus problemas, pero sí sus preguntas. Su incertidumbre. Se hallaba exactamente donde debía estar. De vuelta con el único hombre al que de verdad amaba.
Claro estaba que tenía que hablar con Pablo. Eso no sería muy agradable. En ningún momento había dejado de caerle bien, pero esa noche había comprendido con claridad que con Pablo sólo había sido eso. No era amor. Había ido a su lado porque se sentía segura, pero no muy valiente.
Sin embargo, en ese momento se sentía valiente. Era capaz de contemplar sus logros y experimentar orgullo por ellos. También conocía sus defectos, aunque ya no la abrumaban. No era perfecta, pero era muy buena.
Confesarse ante Peter había sido como una purificación. Un renacimiento. A partir de ahí únicamente quería avanzar. Quería estar con Peter, amarlo, crecer con él. Y lo quería de inmediato.
Cuando lo miró, él sonreía otra vez.
Lali: ¿Qué?
Peter: ¿Sabes?, en lo referente a las reuniones, creo que ésta podría ser la mejor de todos los tiempos— Lali se incorporó bruscamente.
Lali: Oh, Dios. ¡Rochi!
Peter: ¿Perdón?
Lali: ¿Qué hora es? —se escurrió hasta el borde de la cama. Encontró el vestido y uno de los zapatos.
Peter: Las diez pasadas.
Lali: Menos mal. Ro se encuentra abajo. Nos está esperando.
Peter: Puede esperar.
Lali: No, es importante —le asió la mano— Vamos, metámonos en la ducha. Hemos de bajar.
Lali estaba segura de que Rochi la iba a matar por llegar tarde. Pero en cuanto le explicara... lo entendería…
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