Peter aparcó su Mercedes en la parte de atrás de la tienda de vestidos de novia y apagó el motor. Lali no sabía que iba a buscarla. Rochi lo había llamado media hora antes para pedirle ese favor.
Salió del vehículo y guardó las llaves en el bolsillo. No había visto a Lali desde que la llevó a su casa después de mostrarle la mansión. Ella se había marchado para continuar con los preparativos de la boda y él se había encerrado en la cabaña.
La larga noche le había brindado la oportunidad de reflexionar cómo su plan maestro se había ido al infierno. Ya ni siquiera podía comprar la casa. No la quería para él solo, o para alguna futura familia que pudiera tener. No después de observar el rostro de Lali en la biblioteca. No después de verla en el dormitorio.
Había intentado planificar otra táctica, un nuevo plan de ataque. Pero la triste verdad era que ya no anhelaba venganza. A las dos de la mañana, al fin había aceptado que deseaba recuperarla. Que era lo que siempre había querido.
Pero eso no podía ser.
Abrió la puerta de la tienda y una campanilla anunció su presencia. Una mujer mayor con un vestido azul salió detrás de un mostrador. Lo miró de arriba abajo con rapidez y su expresión indicó que le daba su aprobación.
—¿En qué puedo ayudarlo?
Peter: Vine a recoger a la señorita Espósito.
—Ah. Me gustaría poder mostrarle lo exquisita que es la novia.
Peter: Me gustaría verlo.
—Pero traería mala suerte.
Peter: Yo no soy el novio —meneó la cabeza. La mujer pareció aturdida.
—Pensé que...
Peter: Soy un amigo.
—Comprendo. Entonces creo que no habrá problema para que pase a la sala de costura. Acompáñeme— Entró en una habitación grande con espejos por doquier y una gran plataforma redonda en el centro. Lali se erguía sobre el pedestal como un ángel de blanco. Fue como si hubiera salido de sus sueños, como siempre la había imaginado. Aunque sin vestido. Pero siempre la había visto en el centro de su universo.
Peter: Vaya —musitó, incapaz de pensar en algo mejor. Ella lo vio reflejado en el espejo que tenía delante. Llevó las manos al corpiño del vestido mientras giraba para mirarlo.
Lali: ¿Qué haces aquí?
Peter: Rochi me pidió que viniera a recogerte. No se siente bien.
Lali: Anoche estaba bien.
Peter: No sonaba bien cuando me llamó —se encogió de hombros— Pero tú la conoces mejor que yo.
Lali: Sí —apretó los labios.
Peter: Estás hermosa.
Lali: Gracias —bajó la vista y enderezó la parte inferior del vestido.
Peter: Pablo es un hombre afortunado.
Lali: Yo... ¿Estás seguro de que no tienes nada mejor que hacer? Puedo pedir un taxi.
Peter: No, no. Me gustaría estar aquí— Justo en ese momento la costurera, que llevaba una extraña almohadilla para los alfileres en torno a la muñeca, apareció.
Peter se dirigió a una pared, se apoyó en ella y contempló a Lali en su vestido, obligándose a sonreír. Era justo que estuviera allí. Era un castigo por querer herirla.
Peter: ¿Y a dónde piensan ir de luna de piel? — preguntó clavando un poco más el puñal.
Lali: A nueva York. Nos alojaremos en el Plaza. Iremos al teatro. Ese tipo de cosas.
Peter: Agradable.
Lali: Sí.
Peter: No como nuestra luna de miel.
Ella guardó silencio. Después de la boda, habían ido a Galveston, a unos ochenta kilómetros de allí. Él había reservado una habitación en un motel normal. No tenía dinero para nada más elegante. Permanecieron en el cuarto tres noches, comiendo allí, viendo películas, entrelazados en sábanas enredadas. Esas habían sido las mejores tres noches de su vida.
El sonido de su celular la sacó de sus pensamientos.
Lali: Peter, ¿podes pasarme el bolso por favor?— El lo hizo y ella sacó el celular —Lo siento. Necesito llamar por teléfono
Apartó la cartera y marcó a quienquiera que llamara que debió responder a la primera señal. Luego, escuchó, con expresión cada vez más preocupada.
Lali: Iré de inmediato. Aguarda un segundo— Anotando una dirección en un pedazo de papel —De acuerdo, Pat. Lo tengo —colgó— Lo siento pero tengo que irme ahora —se dirigió a la costurera. La señora se situó a la espalda de Lali y bajó la cremallera del vestido.
Sin detenerse, ésta dejó que el vestido le cayera por los hombros. Llevaba una enagua blanca, nada muy llamativo. Peter sólo podía ver las tiras de su sujetador. Sin embargo, la visión de Lali desvistiéndose delante de él con tanta relajación como si aún fuera su marido, hizo algo terrible con sus extrañas.
Lali: Debo ayudar a alguien a mudarse. Es una mujer. Su marido se ha ido, aunque no sabe por cuánto tiempo. Necesita que la lleve a ella y a su hija al refugio.
Peter: ¿Vos? Pensé que lo único que hacías...
Lali: No, hago más que recaudar dinero. Realizo lo que haga falta.
Peter no podría haber estado más sorprendido. Aunque Lali había sido una sorpresa continua desde su regreso.
Salió, confuso, aún aturdido por verla con ese vestido. Intentaba aceptar que Lali había madurado.
Cuando llegaron el lugar era terrible. Hacía demasiado calor, el aparato de aire acondicionado que sobresalía de la ventana del segundo piso sonaba con estrépito y esfuerzo. La alfombra roja estaba negra en algunos puntos, gris en otros, y las paredes exhibían una tonalidad amarillenta sucia.
Cristina Boyd, la mujer que había llamado pidiendo ayuda, sostenía la mano de su hijita. Ambas parecían aterradas, y Lali comprendió que debía sacarlas de allí de inmediato. El ojo derecho de Cristina se veía amoratado y casi cerrado por la hinchazón, el labio inferior abultado y rojo. La pequeña parecía estar bien, sólo con un susto de muerte.
Mientras Lali ayudaba a la mujer, Peter ayudó a la pequeña a hacer su maleta y se dirigieron al hospital donde atendieron y curaron a Cristina.
Cuando Lali miró a Peter, la sorprendió su expresión. La miraba con gesto raro, como si nunca antes la hubiera visto.
Era más allá de la medianoche cuando Peter entró por el sendero de la casa de Lali. Detuvo el coche y apagó el motor, luego se volvió para observarla. Se había quedado dormida y tenía la cabeza apoyada en la ventanilla.
Ese día había aprendido que Lali no necesitaba el hombro de nadie en quien apoyarse. Ni el suyo ni el de Pablo. En ese momento comprendió la verdad de su afirmación cuando le dijo que no era la joven con la que se había casado. Se había convertido en una mujer capaz, fuerte e independiente.
Se había ocupado de Cristina y su hija durante la larga tarde en el hospital, y luego, al llegar al refugio, se había encargado de que las alimentaran, tuvieran camas para dormir. Cuando se marcharon, la mujer asustada y casi catatónica sonreía. No se trataba de una sonrisa amplia, pero sí esperanzada. A Peter eso le pareció un pequeño milagro.
Lali se incorporó. Parecía exhausta, pero tan hermosa... Cuando la conoció se sintió pasmado por su aspecto, por su porte. Era una diosa, alguien a quien un mortal como él jamás podía esperar tocar. Pero ella se lo había permitido. Daba la impresión de que algunas cosas no habían cambiado mucho. Aunque conocía su talón de Aquiles, seguía siendo una diosa, mientras él se había vuelto más mortal.
Peter: Es tarde— bajando del coche.
Lali: Peter… —pero él la cortó al cerrar la puerta. Se dirigió a su lado y le abrió para dejarla salir— ¿Qué sucede? —insistió sin prestar atención a las señales.
Peter: Estoy cansado, eso es todo. Y tú también. Te veré por la mañana —fue a marcharse pero Lali lo detuvo con la mano en el hombro.
Lali: ¿Pasas conmigo?
Peter: No creo que sea una buena idea —no la miró.
Lali: Por favor.
No pudo negarse. Le tomó la mano y la condujo por el paseo hasta la puerta de entrada. Ella abrió con la llave y pasaron. Observó que subía cada escalón con sumo esfuerzo. Se quedaría dormida en cuanto apoyara la cabeza en la almohada.
La puerta de su habitación estaba abierta, y después de entrar, arrojó el bolso sobre la cama y se volvió a Peter.
Lali: Gracias por todo lo que has hecho esta noche.
Peter: Yo no hice nada. Fuiste tú.
Lali: Digamos que formamos un buen equipo —ella sonrió. Peter alargó la mano y le tocó la mejilla.
Peter: Lali, yo...
Lali tomó la mano de Peter entre las suyas y se llevó la palma a los labios, robándole las palabras y la determinación.
Lali: Me alegro de que estuvieras conmigo. Quería que lo vieras.
Peter: Lo vi. Lo que has hecho es increíble, Lali. Has ayudado a tanta gente.
Lali: ¿Y por qué no pude ayudarte a ti? —susurró—. ¿O a mí misma?
Peter: No hiciste nada malo —indicó con ganas de besarla. Un último beso, y luego se marcharía.
Lali: Si no hice nada malo, ¿por qué te fuiste?
Estaba decidido a marcharse para siempre, pero entonces Lali suspiró y Peter se sintió impotente. La besó con pasión devoradora, gimiendo bajo el peso de su propio dolor y el conocimiento de que sin importar lo malo que fuera para ella, aún no podía dejarla.
Ella le pasó la mano por la espalda y al llegar a su cuello, la luz de la habitación se encendió.
Él alzó la vista, sobresaltado. Ahí estaba Pablo, sentado en el sillón junto a la cama.
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