Lali se obligó a recoger la pluma y mirar el orden de los invitados. Se concentró al máximo, de modo que al oír la tos masculina se sobresaltó y se llevó una mano al pecho.
Peter: Lo siento. No pretendía asustarte— Intentó calmarse al alzar la vista hacia Peter, de pie junto a la puerta de la cocina. Pero el corazón se le aceleró.
Lali: Pensé que habías ido a mirar casas
Peter: ¿Qué haces? —inquirió. Apartó la silla que había frente a ella y se sentó, mirando los papeles.
Lali: Planificar los asientos —repuso con lo que creyó que era una voz normal.
Peter: ¿Cuánta gente va a asistir?
Lali: Trescientas veinte personas.
Peter: Vaya.
Lali: Bueno, Pablo tiene muchos amigos, y están sus socios...
Peter: Serán muchos regalos, ¿eh? —ella asintió, agradecida de que se mostrara civilizado y educado y no sacara el tema de antes— No como nuestra boda —sonrió— Por supuesto, nadie sabía que nos íbamos a fugar y a cometer esa locura.
Lali: Ni siquiera yo
Peter: Fue una buena sorpresa, ¿no? Quizá no fuera elegante, pero sí estimulante.
Ella se preguntó por qué se mostraba tan amable. En su rostro no se veía señal de la ira de aquella mañana. Pero no conseguía que la mirara. No apartaba la vista de los papeles.
Lali: Sí lo fue —coincidió.
Peter: ¿Cómo se llamaba aquel juez? —preguntó, mirándola un segundo antes de apartar la vista.
Lali: Richard Rich.
Peter: Sí, eso es —sonrió con la misma sonrisa contagiosa que la había cautivado la primera vez que salió con él. No había querido, aun cuando parecía una versión más joven y atractiva de Clint Eastwood. Pero Rochi la había convencido. Luego, cuando aquella primera noche ella había abierto la puerta, él le sonrió, y Lali supo que todo iba a ir bien. Más que bien. Y así fue. Aquel verano todo parecía posible. Cuánto tiempo había pasado.
Peter: Lamento no haberte dado el tipo de boda que tú te merecías —añadió. Lo miró y vio que ya no sonreía. Su rostro mostraba una expresión de pesar. Un poco de tristeza. Meneó la cabeza, protegiendo esos recuerdos, los más dulces de su vida.
Lali: Fue perfecta —corrigió ella— No la habría cambiado por nada en el mundo.
Peter: Pero tu familia no estuvo presente. Ni tus amigos. Ni siquiera Rochi.
Lali: Te tenía a ti. Eso era todo lo que necesitaba.
Peter: Dios, estábamos enamorados, ¿verdad?
Lali: Éramos jóvenes —asintió.
Peter: Sí —se adelantó y le tomó la mano— Y tú eras la criatura más hermosa que había visto en mi vida. Sabía que era el hombre más afortunado de la Tierra —entonces, como si despertara de un sueño, se echó atrás y retiró la mano. Parecía irritado, como si hubiera revelado más de lo que deseaba.
Lali apartó la vista, avergonzada por haber bajado sus barreras. Aquellos recuerdos quizá fueran dulces, pero habían sido usurpados por palabras que jamás se podrían retirar. Todas las disculpas del mundo no podrían borrar lo que le había hecho. Ni su reacción.
Peter: Lali.. —tosió y se movió en la silla.
Lali: ¿Sí?...
Peter: Lo siento. Estoy tenso, eso es todo. Supongo que también cansado. Últimamente he viajado mucho.
Lali: ¿Oh? —contempló la lista como si la leyera, cuando en realidad todo era una imagen borrosa.
Peter: Traslado mis oficinas aquí.
Lali: ¿Desde dónde? —preguntó, aunque ya lo sabía. Sabía mucho de Peter. Cómo había triunfado con su capital tras sólo dos años como agente de bolsa. Habían escrito sobre él, había recibido alabanzas por su visión, siendo considerado como alguien a seguir por los que sabían.
Peter: Los Ángeles.
Lali: Me alegro.
Peter: ¿Sí? —esbozó una sonrisa.
Lali: Sí. Hablo en serio. Me alegro de tu éxito.
Peter: A ti tampoco te ha ido muy mal. Salvo...
Lali: ¿Sí?
Peter: Lali, ¿qué pasó con la galería de arte?
Lali: Oh —musitó con cierto remordimiento— No salió —añadió.
Peter: ¿Por qué no?
No quería hablarlo con él. Había sido el guardián de sus sueños durante tanto tiempo, que no quería que supiera que ninguno de ellos se había hecho realidad.
Lali: Surgieron otros intereses. Los refugios no me dejan tiempo.
Peter: Sí, lo comprendo. He de reconocer que me quedé un poco sorprendido de que fueras tan activa en algo así.
Lali: ¿Por qué? —él se miró las manos antes de devolverle la mirada— Ah! Porque era muy egoísta.
Peter: No, no. Es que...
Lali: Está bien. Reconozco que lo era. Era una niña malcriada y me hizo falta un tiempo para crecer. Pero crecí, Peter. No soy la joven con la que te casaste.
Peter: No, no lo eres, ¿verdad?
Lali: No… -hubo un silencio, que segundos después Peter rompió.
Peter: Sé que mañana estás ocupada. Pero significaría mucho para mí si me acompañaras a ver una casa. ¿Lo harás?
Lali: ¿A qué hora? —un tiempo a solas con él era el momento que esperaba para disculparse.
Peter: A la hora que tú quieras.
Lali: ¿Qué te parece al mediodía?
Peter: Estupendo —se levantó. Miró hacia el salón y luego hacia la parte de atrás de la casa— Todo el mundo se ha ido, ¿no?
Lali: Mamá está en el club de bridge y Cande en el centro comercial. ¿Qué pasa? ¿No tienes nada que hacer?
Peter: No, tengo cosas que hacer —titubeó y luego sonrió— ¿Seré bienvenido para cenar?
Lali: Siempre y cuando te comportes.
La carcajada que lanzó la atravesó y el sonido fue tan familiar, que llenó un espacio vacío en su alma que no sabía que estaba allí. Peter solía reír mucho. Ella también. ¿Qué Había sucedido?
Peter: Jamás me comportaré contigo, Lali. ¿Es que todavía no lo sabes?
Sí. Sabía que nunca se comportaría, y que sus palabras siempre tendrían el poder de herirla, y que su contacto siempre le provocaría escalofríos. A pesar de sus elecciones, a pesar de esforzarse por amar a Pablo, Peter aún la tenía en la palma de su mano. Lo duro sería aceptarlo y volver a ver cómo se marchaba.
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