La música procedente de la otra estancia alcanzó su punto álgido y luego el director de orquesta le deseó a Lali y Pablo buena suerte en su matrimonio. También anunció que la fiesta de esa noche había recaudado casi un cuarto de millón de dólares para los refugios de mujeres de Houston, y todo gracias a la novia.
Peter quedó sorprendido. La miró, pero otros la felicitaban. Quizá Lali hubiera crecido. Cuando la conoció, no tenía mucho interés en las obras de caridad. Había llegado a darse cuenta de que había sido una niña protegida y malcriada que consideraba que la vida le debía felicidad. Pero cuatro años podían cambiar a una persona.
Los invitados empezaban a marcharse, lo cual alegró a Peter. Se sentía cansado. Había sido un día largo y una noche agitada. Lali volvía a mirarlo, aunque también contemplaba la puerta de entrada.
Peter: Debes ir a despedirte de tus invitados —le dijo— Mañana hablaremos. Debemos ponernos al día— Lali dio un paso hacia él y se cercioró de que la mirara a los ojos.
Lali: Esto no es un juego. Es mi vida. No me estropees las cosas, Peter. Por favor— Asintió mientras ella corría a buscar a su novio. Casi se sentía culpable por estar allí y lo que pretendía hacer. Casi.
Peter había necesitado cuatro años y mucho trabajo duro para poder volver. En todo ese tiempo, la imagen de ella lo había impulsado a continuar, cuando cualquier hombre cuerdo habría abandonado. Lali era el motivo por el que se levantaba por la mañana, de haber conseguido éxito más allá de sus sueños más descabellados. No podía irse en ese momento, no cuando tenía tantas cosas que contarle.
Y apenas disponía de unos días. Pero si todo salía tal como lo había planeado, bastarían.
Lo único que deseaba era ver la expresión en el rostro de Lali cuando al fin entendiera quién era él. Que era todas las cosas que tanto temió que no llegara a ser. Quería ver el dolor, escuchar sus disculpas.
Que recordara, y que luego le suplicara que se quedara. Pero entonces, él cerraría la puerta y se alejaría de ella para siempre.
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En la entrada, Lali se hallaba al lado de Pablo, con la esperanza de que la sonrisa que exhibía pareciera más real que lo que la sentía. Era doloroso intercambiar amabilidades con sus invitados sabiendo que Peter acechaba cerca. Al menos Pablo estaba feliz. Había progresado bastante con Van Pierson. Pero cuando volvieran a quedarse solos, tenía la sensación de que iban a volver a hablar de Peter.
¿Por qué había regresado? Por el modo en que se marchó, había tenido la certeza de que nunca más lo vería. Ella era muy joven, y él había sido... Peter. Sólo duró un año. Un año salvaje, increíble, aterrador. Pero eso fue tiempo suficiente para casi matarla cuando él se fue.
Se encontraba tan confusa... y estrechar manos, dar besos y gracias era lo último que deseaba hacer.
—Ya casi ha terminado— Giró la cabeza. Rochi se hallaba justo detrás de ella.
Lali: Menos mal —susurró.
Rochi: Está en la cocina.
Lali: ¿Quién está con él?
Rochi: Está con Cande —indicó— Comiendo algo.
Lali: Eso debería mantenerlo alejado de problemas.
—¿A quién?— Giró rápidamente la cabeza a la izquierda. Ya no había nadie más. Sólo Pablo. Tenía el sombrero un poco ladeado y el maquillaje corrido. Parecía tan exhausto como ella.
Lali: Nada —dijo— A nadie.
Pablo: Lali...
No terminó la frase. No hacía falta. Su decepción resultaba clara. Ésa era su noche especial, y ella centraba toda su atención en su ex marido.
Rochi: Pablo —intervino— Creo que ya es hora de que te quites ese disfraz.
Pablo: ¿Perdón?
Rochi: Jamás podrás eliminar todo ese maquillaje de la cara sin ayuda —le tomó la mano y lo condujo hacia la escalera— Tengo lo que necesitas. Confía en mí.
Lali aguardó hasta que casi llegaron a la segunda planta. Gracias al cielo que estaba Rocío. Debía ir a ver qué pasaba en la cocina.
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Al llegar a la cocina casi corría. Se detuvo delante de la puerta y se serenó hasta que el corazón dejó de latirle con tanta fuerza. La risa de Peter le llegó a través de la puerta. Profunda, baja, única. Habría reconocido el sonido en cualquier parte. Se había enamorado de ese sonido, y cuando cesó, le había dejado un agujero en el interior. Al volver a oírla después de tantos años, después de levantar ese muro dentro de ella, experimentó un escalofrío. El muro tembló, pero no se vino abajo. No permitiría que se derrumbara.
Abrió y entró en la cocina dispuesta a enfrentarse cara a cara con su perdición. Se hallaba sentado a la mesa redonda, con Candela y su madre. Sosegado y sereno, se reclinó en la silla, con el brazo echado con indiferencia sobre el respaldo de la de su hermana, como si el ajetreo que también había en la cocina no lo afectara. Ante ellos, había un banquete liliputiense; pequeños quiches, pastelillos de cangrejo, canapés de caviar... Cande y Peter tenían una copa de champán, su madre una taza de té.
Todos la miraron al mismo tiempo y, en ese segundo, vio la alegría en el rostro de Cande, la furia en el de su madre y la confianza en el de Peter. Un instante más tarde, su madre y hermana esbozaron unas sonrisas brillantes que no revelaban nada. Pero Peter no intentó ocultar nada.
Peter: ¿Dónde está el hombre del día? —preguntó.
Lali: Rocío se lo llevó arriba para quitarle el maquillaje— Peter se levantó y apartó la silla que había a su lado.
Peter: Únete a nosotros —pidió, como si fuera su casa, sus parientes, su comida.
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