domingo, 18 de marzo de 2012

Capítulo 2


Ninguna de las decisiones que tomaba sobre Pablo se basaban en la pasión. Ya había pasado por eso. En esta ocasión, pensaba usar la cabeza y no las hormonas.

Rochi: Dios mío, Lali. Mira…
Lali: ¿Quién es?
Rochi: Creo que es Paula. Sí, es ella— Paula Reca había sido una amiga del instituto, Lali casi había olvidado que a la semana siguiente tendría lugar la 10ª reunión del instituto.
Lali: Me pregunto cómo estarán los demás??...
Rochi: Apostaría que todos los chicos están casados y con hijos. Y ninguna de sus pobres mujeres los comprende.
Lali: ¿Cómo te has vuelto tan cínica tan joven?
Rochi: Primero, no soy tan joven. Los 28 se aproximan a la velocidad de un tren. Y segundo, no soy cínica. Sé lo que quieren los hombres, y sé cómo explotar ese conocimiento. No pensás que hago dos horas de gimnasia al día por mi salud, ¿verdad?
Lali: Vamos. ¿Pensas que todos los hombres sólo quieren una cosa?
Rochi: No —meneó la cabeza y su cabello rubio osciló a su espalda— Hay algunos buenos. Como Pablo, por ejemplo. Pero todos están ocupados.
Lali: ¿Así que reconoces que Pablo posee algunas cualidades por las que vale la pena esperar?
Rochi: ¿Sabes?, aún pienso que estás loca —la miró— Chica, estás hablando de dormir a su lado el resto de tu vida. Ni siquiera comprarías un coche sin probarlo— Lali contempló el rostro de su amiga. La máscara enjoyada la hacía aún más hermosa, resaltando sus ojos de un dorado oscuro y la boca perfecta.
Lali: Pero un coche no puede funcionar mejor después de comprarlo —repuso— Si las cosas no son perfectas entre Pablo y yo, podemos mejorarlas.
Rochi: Te equivocas. Hay algo llamado química, Lali. Si no está ahí, es que no existe.
Lali: Yo ya sé que la química existe entre nosotros.
Rochi: Te lo repito, cometes un gran error. Si hubiera la química de la que tú alardeas, ni una orden del tribunal podría haberte mantenido apartada de él tanto tiempo.
Lali: Ro, te quiero. Pero sé que hago lo apropiado.
Rochi: Entonces me alegro por ti. De verdad. Así que ve a buscarlo. Imagino que ya debe andar bastante frenético sin ti a su lado.
Lali: Sí, supongo que sí —suspiró—. No te metas en problemas, ¿eh?— Lali se dirigió al salón. No le resultó fácil llegar hasta allí. La lista de invitados superaba la centena, y si a ellos se sumaban el personal de servicio y la prensa, el lugar estaba atestado. El salón se había despejado para la pista de baile.

Lali asintió, sonrió y dio besos obligados al aire a los conocidos, a la mayoría de los cuales se los habían presentado en una u otra fiesta benéfica. Había sido idea suya que la fiesta sirviera para recaudar fondos, pero idea de su madre que fuera de disfraces. Lali lo aceptó.

—¡Lali! ¡Espera!— Se volvió para tratar de ver quién llamaba. Un momento después, Eugenia, la Bruja Buena, con su varita mágica, se acercó a ella.
Lali: Euge, estás maravillosa.
Euge: Gracias. Tú también. Ese vestido es fabuloso— Lali sonrió. Euge era la mejor amiga de su hermana— ¿Viste a Cande? La he buscado por todas partes. Lo único que se me ocurre es que tu hermana se ha encerrado en un armario con ese chico tan guapo que la acompañaba.
Lali: No la he visto, pero dudo de que esté en un armario.
Euge: Lo sé —suspiró— Intento convencerla para que dé un paseo por el lado salvaje, pero es tan aburrida. No entiendo a ninguna de las dos. Ambas son arrebatadoras, ricas, inteligentes y divertidas. Podrían tener a un montón de hombres persiguiéndolas, pero se comportan como monjas. Qué desperdicio.
Lali: ¿Qué pasa esta noche? —Lali meneó la cabeza— Eres la segunda persona que me dice que debería practicar el sexo. ¿Es por el vestido? ¿O porque se trata de mi fiesta de compromiso? ¿O tal vez hay algo en el champán?
Euge: Hmm creo que es por la atmósfera. Quiero decir, las caras ocultas detrás de máscaras. Fingir que se es alguien exótico y romántico. Te juro que esta noche el aire vibra de sexo. ¿No lo sientes? He perdido la cuenta de las veces que me han abordado esta noche. Y me he sentido tentada. En especial por ese Robin Hood. Si pensara que podría hacerlo con discreción, probablemente aceptaría. Pero seguro que me descubrirían. Siempre me pasa. No soy como tú.
Lali: ¿Qué se supone que significa eso?
Euge: No te molestes. Era un cumplido. Quería decir que eres demasiado señora para hacer algo tan...
Lali: ¿Sórdido?
Euge: Impulsivo— repuso.
Lali: Bueno, estoy segura de que mamá no se dio cuenta de que su encantador baile de disfraces iba a convertirse en un buffet sexual.
Euge: Y no lo será. Al menos no de forma obvia. Pero no bromeaba con lo del armario. O quizá lo que gemía de forma tan sonora fuera el abrigo de visón de tu madre.
Lali: ¿Qué armario? —preguntó.
Euge: El de la biblioteca.
Lali: ¿De verdad crees que podía ser Cande?
Euge: Eso espero —se ajustó la máscara, subiéndola un poco sobre el puente de su nariz pequeña y cara— No le vendría mal un poco de locura en su vida.
Lali: Hablando de locura, ¿has visto a Pablo?
Euge: ¿Por qué lo asocias con la locura? Bueno, tal vez hasta se haya tomado dos copas enteras de champán.
Lali: Vamos. No es para tanto.
Euge: No, no lo es —la sonrisa de Euge se tornó amable— Es un encanto. Y es muy afortunado por tenerte.
Lali: Oh, para ya que vas a hacer que me sonroje. ¿Ese de ahí no es Robin Hood?
Euge: Nos vemos —giró en redondo y se marchó.

La atención de Lali se vio atraída hacia un rincón, justo al lado del gran armario de los abrigos. Barbarella llevaba a Tarzán de la mano, y abría la puerta del armario. Ambos echaron rápidos vistazos en derredor para ver si alguien los miraba, luego se metieron dentro y cerraron.

Euge no se equivocaba. El sexo tenía lugar justo en la casa de su madre. Sintió que se ruborizaba al pensar en la logística. No podía ser muy cómodo. Pero sí excitante. Peligroso. Loco. Algo que ella jamás haría. Al menos no con Pablo.

Pablo era muchas cosas, pero no una persona desinhibida. No tenía por qué serlo. Sabía quién era, y exhibía su confianza como un traje hecho a medida. Su apariencia atraía bastante atención de otras mujeres, pero con él sabía que nunca debería preocuparse. Principalmente porque su trabajo no le brindaba tiempo para actividades lúdicas. Su bufete le absorbía todo su tiempo. Aunque siempre sacaba un rato para ella. No, no era el tipo de hombre que la llevaría a un armario. Y ella tampoco era la clase de mujer que iría allí.

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