Sin embargo, hubo una época en que lo habría hecho. Y un hombre con el que habría aceptado. Peter. Dios mío, no tenía sentido pensar en él esa noche. La habría llevado al armario con tanta celeridad, que habrían dejado marcas en el parqué. Pero eso fue mucho tiempo atrás. Cuando aún era joven y tonta. Por suerte, había madurado desde entonces.
Salvo por unas pocas cosas, todo era perfecto en su mundo. Gran parte de ello se debía a la influencia de Pablo. Era el tipo de hombre que podía admirar y tratar de emular. Con todas sus obligaciones profesionales y sociales, resultaba natural que no estuviera obsesionado con las cosas más bajas de la vida, como el sexo. Hasta esa noche, con tanta conversación sobre armarios y gemidos, eso a ella no le había molestado. Pero la advertencia de Rochi no dejaba de dar vueltas en su cabeza. ¿Estaba cometiendo un error?
No había querido pensar en ello, pero, de hecho, iba a dormir con Pablo el resto de su vida. Y si quería ser sincera consigo misma, la idea no le resultaba atractiva en un cien por cien. No era que no le pareciera atractivo. De hecho, casi lo era demasiado. Alto, de hombros anchos, cintura estrecha. Y sus besos le gustaban bastante. ¿Qué, entonces? Probablemente el único motivo por el que no estaba excitada acerca de su futura vida sexual con Pablo era que no se había dejado excitar. Era lógico que al saber que no harían nada hasta la noche de bodas, no permitiera que su imaginación se desbocara. ¿Y si no era eso? ¿Y si no encajaban? Dios. Quizá había cometido un error. Tal vez Rochi tuviera razón. Recogió otra copa de champán de un camarero que pasó a su lado. Mientras bebía, la idea siguió perturbándola. ¿Y si el sexo con Pablo era terrible?
Espera. Se estaba volviendo loca por nada. Si estando con Pablo no conseguía que repicaran campanas, ¿qué? Aún podían tener un matrimonio satisfactorio. Sencillamente pondrían énfasis en otras cosas. Ya había tenido un matrimonio basado en la pasión. Ese matrimonio, a pesar de las campanas de proporciones épicas, terminó en un fracaso rotundo. Aunque no le haría ningún mal tener un poco de pasión, ¿no? Después de todo, Pablo poseía todas las cualidades que quería en un marido. Bueno, casi todas. No, eso no era justo. No tenía derecho a decir eso cuando ni siquiera le había dado una oportunidad.
Volvió a mirar el armario. No. No podía. Él no lo haría. Era una locura incluso pensar en ello.
Se dirigió hacia el comedor. Al pasar junto al gran armario oyó la voz de una mujer. Un gemido, a rebosar de placer ilícito y de perverso abandono.
En ese mismo instante, tomó una decisión. Esa noche sería la noche. Pablo sería su marido en menos de un mes. Por todos los cielos, pensaba averiguar si había campanas, y lo haría en ese momento.
Mientras caminaba fue consciente de lo que había mencionado Euge. El aire estaba lleno de sexo esa noche. La gente se tocaba, y no sólo en el brazo. Justo delante de ella había dos parejas. Cleopatra y John Wayne se hallaban tan pegados que parecían siameses. Rambo tenía la mano en la espalda de Olivia, en la parte baja de la espalda, y seguía bajando. A pesar de que Olivia llevaba siete años casada con Popeye.
Pasó a su lado cuando la mano de Rambo encontró el blanco. Oyó la risita de Olivia por encima del sonido de la música. Y al fin vislumbró a Candela. Costaba no ver a su hermana con esa pluma enhiesta encima de la cinta alrededor de su frente. Era una Pocahontas muy bonita. La saludó con la mano y entonces vio a Pablo.
Estaba cerca de Cande, extraño y siniestro con su disfraz del Fantasma. Éste era tan detallado que casi no lo reconoció cuando lo vio con él la primera vez. La máscara sólo dejaba al descubierto una pequeña parte de su cara, e incluso ésa se hallaba oculta por el maquillaje. Y había aceptado ponerse la peluca negra bajo el sombrero después de insistirle mucho.
Pero pudo distinguir sus ojos... bueno, uno de ellos. En realidad, el maquillaje hacía que de algún modo el ojo pareciera más oscuro. Y más salvaje también. Hasta su sonrisa resultaba desconocida con todo ese lápiz labial y con sólo la mitad izquierda visible.
Sintió un nudo en el estómago al pensar en lo que iba a hacer. Existían todas las posibilidades de que Pablo pusiera objeciones, que se quedara aturdido por su conducta. Si los descubrían, provocaría un escándalo. Mancillaría la reputación de ambos. Por otro lado, quizá eso fuera exactamente lo que los dos necesitaban. Lo único que haría que su relación fuera completa.
A medida que se acercaba empezó a experimentar más nervios. La respiración se le aceleró y sintió que el corazón le palpitaba con fuerza. Lo importante era hacerlo. Nada de evasiones en esa ocasión. Sólo acción.
Cande: Eh, Lalu, ¿adivina quién vino...?— Ignoró a su hermana. Fue directamente a Pablo, lo tomó de la mano y tiró de él para que la siguiera —Eh —gritó Cande— ¿Qué...? ¡Espera! ¡Lali!
Nada iba a detenerla. Ni las felicitaciones de los invitados, ni el ahogo que sentía en el pecho, ni siquiera esa voz que le advertía de que parara ya, antes de que fuera demasiado tarde.
Siguió caminando sin dejar de tirar de Pablo; pasó por el vestíbulo y el salón en dirección a la biblioteca. La puerta del armario estaba abierta, y soltó un suspiro contenido. Ése era el momento que iba a determinar el curso de su vida de casada.
Se dirigió hacia el armario, metió a Pablo dentro, fue tras él y cerró la puerta a su espalda.
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