Gime: Nos cercioraremos de que el error se corrija —afirmó su madre con voz temblorosa por la agitación.
Lali: No sólo parece que me voy a casar con el hombre equivocado, sino que da la impresión de ser una foto sacada de Lucha Mundial.
Peter: Vamos, La. Es sólo una foto —comentó. Dio una palmadita a la silla que había a su lado— Siéntate y desayuna algo. Ayudará a mitigar tu dolor de cabeza. En unos días todos nos reiremos de esto. ¿Qué pasó con tu famoso sentido del humor?
Lali: Vos. Vos sos lo que le pasó.
Peter: Zumo. Huevos. Tostadas —volvió a palmear la silla— ¿No suena apetitoso?
Lali: Para ya. Debo llamar a Pablo.
Justo en ese momento Cande entró en la habitación.
Cande: No, no debes. Llamó para decir que venía hacia acá.
Lali: Oh, Dios —se frotó las sienes, y se preguntó si habría, algún caso de muerte por resaca. Quizá ella sería la primera.
Cande: Pero alégrate, gorda. Le dará vida al álbum fotográfico de la boda.
Lali: Oh, con eso se arregla todo.
Cande: Qué gruñona. ¿Qué hay para desayunar?
Candela pasó a su lado y se sentó en la silla que Peter le había reservado a ella. Con aire alegre, se sirvió un poco de huevos revueltos y patatas.
Lali suspiró y se dirigió hacia las escaleras. Volvería a meterse en la cama y dormiría hasta el día siguiente. Seguro que por ese entonces Peter se habría marchado, Pablo estaría en su viaje de negocios a Nueva York, Darlene se hallaría hasta el cuello en los preparativos y ella no sentiría que una banda de percusión ensayaba en su cabeza.
Gime: ¿Lali? —llamó su madre— ¿A dónde vas? —No respondió. En mitad de la escalera, sonó el timbre. Era Pablo. No se detuvo y siguió hasta su habitación.
—¿Lali?— Oyó el susurro de Peter, pero no se quitó las mantas de la cabeza. Si se quedaba absolutamente quieta, quizá se marchara. No lo hizo. Sintió que el colchón se hundía, luego la mano de él en su cadera. Se obligó a bloquear el temblor que empezaba a ser demasiado familiar con su contacto.
Peter: ¿Cariño? Lamento que no sacaran una foto bonita en el periódico. Y que confundieran los nombres. Los llamaré. Te lo prometo. Publicarán una corrección en la edición de mañana.
Entonces, oyó que la puerta volvía a abrirse.
Pablo: Yo me hago cargo a partir de ahora —dijo.
La cama se alzó de nuevo cuando Peter se levantó. Luego se hundió una vez más.
Pablo: ¿Cariño?— Su mano la tocó en el mismo punto de la cadera. No sucedió nada. Ningún escalofrío. Ni un temblor. Nada —Lamento todo esto. He hablado con los abogados del periódico. Mañana van a corregir el error. Y les he dicho que publicaran otra foto. Solos tú y yo.
Despacio bajó las mantas hasta la nariz. Pablo, con su traje a medida y su corbata de seda, parecía más atribulado que lo que le habían dado a entender sus amables palabras. Pero no la miraba. Observaba a Peter, apoyado con indiferencia en la cómoda.
Lali: Pablo —dijo. La miró y la boca pareció luchar entre una mueca y una sonrisa.
Pablo: ¿Lista para salir? —Lali negó con la cabeza. Pablo suspiró y miró su reloj— Muy bien —aceptó— ¿Qué queres que haga?
Lali: Nada —repuso con voz apagada por debajo de la manta. La bajó hasta la barbilla— Nada. Sé que debes subir a un avión. Estoy bien.
Pablo: No lo pareces.
Lali: Me duele un poco la cabeza. No es nada.
Pablo: Tu madre dijo... Tal vez debieras ir a ver a tu médico
Lali: No necesito un médico. Necesito dormir un poco.
Pablo: Pensé que ibas a buscar una casa —se dirigió a Peter.
Peter: Y así es. La agente inmobiliaria vendrá aquí en una hora.
Pablo volvió a mirar la hora.
Lali: Pablo, vete. Todo está bien.
Pablo: No tengo prisa.
Lali: No quiero ser responsable de tu infarto. Sé cuánto odias esperar hasta el último minuto. Así que vete.
Pablo: Pero... —el la estudió un largo rato, luego contempló a Peter.
Peter: No soy una preocupación —repuso éste— De verdad.
Pablo: ¿Y qué pasa con los próximos dos días? —Inquirió— Yo no regresaré hasta el martes.
Lali: Tengo demasiadas cosas que hacer como para preocuparme por él —repuso— Debo preparar una boda, ¿recuerdas?
Pablo, sin dejar de mirar a Peter, frunció el ceño tanto que Lali pensó que se le iba a quebrar la barbilla.
Pablo: Muy bien. Te llamaré —aceptó.
Peter: Gracias —dijo gracioso— Significa mucho para mí.
Lali: Se refería a mí —corrigió; echó a un lado la manta y salió de la cama.
No se había cambiado, aunque se había quitado los zapatos. Los pantalones estaban bien, pero la blusa estaba toda arrugada. Tendría que cambiarse. De momento, se calzó las zapatillas y se dirigió al vestidor, sin prestarle atención a Peter. Se cepilló el pelo y se lo recogió en una coleta. Al volverse para mirar otra vez a los hombres, tenía a su prometido al lado.
Pablo le aferró los brazos y con brusquedad le dio un beso en la boca. En realidad falló, y la mitad fue en la boca y la otra mitad en la mejilla. Luego miró el reloj, observó furioso a Peter y salió por la puerta.
Lali contempló a su ex también con el ceño fruncido.
Lali: Voy a cambiarme. ¿Te importa?
Peter: En absoluto.
Lali: Quiero decir que te largues.
Peter: Ya te vi en ropa interior.
Lali: Perdiste ese privilegio hace mucho tiempo. Y ahora discúlpame —sin volver a mirar, dio media vuelta, entró en el vestidor y comenzó a desabotonarse la blusa. Esperaba oír la puerta cerrarse, y eso fue lo que sucedió. Pero no con la puerta de la habitación. Fue la del vestidor, y Peter se hallaba en el lado equivocado— ¿Qué estás haciendo?
Él sonrió, con los ojos clavados en su mano, que descansaba en el cuarto botón de la blusa.
Peter: Pensé que podríamos hablar, ahora que tenemos algo de intimidad.
Lali: Peter, vete. Deja que me vista. Te veré abajo.
Peter: Cierto, ya no puedo mirar —deslizó la mano hacia el interruptor de la luz y al siguiente instante quedaron a oscuras.
Lali: ¡Pedro!
Peter: Dios, me encanta estar en armarios y vestidores contigo —dijo, y su voz sonó más cerca— No lo supe hasta anoche.
Lali sintió miedo, aunque no por su seguridad. Temió su proximidad y el calor que irradiaba su cuerpo.
Lali: Eso fue un error —afirmó.
Peter: Meterme en el armario fue un error. Quedarte en él no lo fue.
Ella retrocedió y estuvo a punto de perder el equilibrio con un par de zapatos, pero en ese momento las manos de él se posaron en sus hombros, estabilizándola. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, la atrajo hacia sí hasta que sus cuerpos se pegaron de los hombros a las rodillas. Al instante fue muy consciente de sus pechos contra su torso y del modo en que se le endurecieron los pezones. Notó que se movía contra él, luchando, pero, ¿para escapar? ¿O para sentir sus muslos en los suyos?
Peter: Sabías que era yo, ¿verdad? —le rozó la oreja con los labios, haciéndola temblar.
Lali: No. Pensé que eras Pablo.
Peter: Mentirosa.
Lali: Para ya. Por favor, Peter.
Peter: No te agarro con fuerza.
Lali: Sí. Tus manos...
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