—¿Qué pasa con ustedes dos?— Lali dio la vuelta y vio a Pablo, con el disfraz tan perfecto que nadie podría haber sospechado nada. Le pareció un misterio cómo podía haber recompuesto su maquillaje después de haber dejado tanto en ella, pero siempre había sido un hombre de recursos. Luchó contra otra oleada de risa y respiró hondo. Al final, logró recuperar el control.
Rochi: Hola, grandullón —saludó Rochi con voz divertida— Estábamos hablando de...
Lali: La fiesta —intervino mirándola con seriedad— De lo mucho que se divierte la gente.
Rochi: Es verdad —musitó. Lali estaba lo bastante cerca como para darle un codazo— Aya!.
Pablo: ¿Hmm? —las escrutó a las dos—. ¿Qué?
Lali: Nada —tomó la mano de él y empezó a conducirlo hacia la mesa de los mariscos. La comida siempre era una buena distracción.
Pablo: Acabo de mantener una charla con Dwayne Anderson —indicó con voz sosegada— ¿Lo recuerdas? Pertenece a la sociedad filarmónica. Creo que andan buscando abogados nuevos, y me parece que me quería tantear. Voy a invitarlo a cenar la semana próxima.
A Lali le sorprendió lo firme que le sonaba la voz. Era capaz de reaccionar como si no hubiera sucedido nada. ¿Sería posible que el armario no hubiera representado gran cosa para él? No. Lo ocurrido era muy importante. Pero ése no era el lugar ni el momento para tratarlo. Si Pablo podía controlarse, ella también lo conseguiría. Siempre y cuando no mirara a Rocío.
Lali: Creo que es una idea estupenda. Tenemos el jueves libre. No, espera. La semana próxima no. El viernes es la reunión, y estaré demasiado ajetreada. Yo lo dejaría para la otra semana.
Pablo: Bien, bien. Ah, le mencioné a tu padre que creía que debíamos hacernos miembros del Houstonian. Dijo que se ocuparía de ello por nosotros. Es estupendo, ¿no te parece?
Lali: Por supuesto —repuso, contenta de que Pablo y ella volvieran a estar sincronizados. El gimnasio Houstonian era exactamente el lugar en el que debían ser vistos. Exclusivo, caro y lleno de gente que sería de mucha utilidad para la carrera de Pablo.
Giraron en una esquina y Lali vio la pluma de Cande por encima de las personas apiñadas en torno a las mesas. Guió a Pablo en esa dirección, consciente de que Rocío aún los seguía, tal como lo indicaba el sonido de una risa contenida.
Cuando se acercaron a su hermana, Lali vio a sus padres, Gime y Nico. Vestidos de María Antonieta y Luis XVI era difícil pasarlos por alto. Soltó la mano de Pablo y alzó el brazo para retocarse un rizo descarriado. Justo cuando lo dio por inútil, oyó el gemido ahogado de Rochi.
Se volvió y ella misma quedó boquiabierta. De pie al lado de su hermana había un segundo Fantasma. Su disfraz era un duplicado del de Pablo. Salvo por el maquillaje corrido.
La multitud se abrió ante ella. Unos flashes estallaron en una explosión de luces. El segundo Fantasma se llevó la mano a la máscara y se la quitó. Luego sonrió.
—Hola, Lali.
Lali: No —musitó, sintiendo que la sangre le desaparecía del rostro.
—Sí —repuso él, con una sonrisa que Lali reconoció.
Lali: No es posible —primero miró a Cande, luego a sus padres, desesperada por una explicación. Su madre parecía tan sorprendida como ella misma. Pero a su padre y a Cande se los veía notablemente indiferentes. Le debían una seria explicación.
—Oh, pero es posible —indicó el impostor, acercándose. Al saber que había sido él, encajó todos los signos. La anchura de sus hombros. El peligroso arco de sus cejas. El autocontrol que desde el principio la había desconcertado. Retrocedió, temerosa de su contacto.
Lali: ¿Qué demonios haces aquí?
—Vine a felicitarte por tu inminente boda.
Lali: Pero...
—Y he de decir que en mi vida me habían dado una bienvenida tan deliciosa.
Pablo: Lo siento —intervino, adelantándose— ¿Nos conocemos?
—No, no hemos tenido el placer. Soy Peter Lanzani. El ex marido de Lali.
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