Lali Espósito bebía su segunda copa de champán mientras observaba cómo Julio César intentaba seducir a Campanilla. Por el modo en que ésta sonreía, estaba claro que César iba a tener éxito. Les deseó lo mejor. Al menos alguien iba a tener suerte esa noche.
Con un suspiro, miró el gran vestíbulo de la casa de su madre, alterado para parecer el decorado de “El Fantasma de la Ópera”. Cada detalle estaba cuidado al máximo. Además, se trataba de su fiesta, y su madre había insistido en que todo encajara con su vestido, obviamente iba disfrazada de Christine. Lo que la confundía era que aunque cada cosa había salido exactamente como habían planeado, no se sentía feliz.
De hecho, se sentía irritada, incómoda. Por otro lado, quizá esa inquietud se debiera al peso de los rizos postizos que tenía en la cabeza. Le resultaba tan pesado que le daba la impresión de estar haciendo juegos malabares con una jarra de agua sobre la cabeza.
—¿Sabes qué es lo que me encanta de ti, Lali?— Se volvió y vio a Rocío Igarzabal, vestida de mujer fatal. Estaba fabulosa. El vestido esmeralda se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y la raja que subía por su muslo era tan pronunciada que cada vez que se movía todos los hombres que había cerca contenían el aliento.
Lali: ¿Qué es lo que te encanta de mí, Rochi?
Rochi: Lo tranquila que sos. Si ésta fuera mi fiesta de compromiso, estaría como una loca.
Lali: No tiene nada que ver con la tranquilidad —indicó Lali— Estoy quieta. Hay una diferencia— Rochi la observó, tuvo que mover la cabeza para poder abarcarla a través de la máscara.
Rochi: No cabe duda de que elegiste el vestido apropiado. ¿La virginal Christine? Perfecto.
Lali: Sólo soy Christine porque Pablo es el Fantasma. No hay otro motivo.
Rochi: Cierto —afirmó con sarcasmo— Admiro tu habilidad para negar lo obvio— Lali meneó la cabeza ante su mejor amiga. Era su opuesto en cientos de cosas, pero la verdad era que Rochi la conocía mejor que nadie. Lo cual no necesariamente era algo positivo.
Lali: ¡No! Solo porque Pablo y yo seamos tradicionales...
Rochi: ¿Tradicionales? ¿Así lo llamas? A mí me parecen arcaicos.
Lali: No todas las relaciones se basan en el sexo, Rochi —sonrió y cambió la copa vacía de champán por otra llena— Pablo y yo tenemos algo más profundo.
Rochi: Te digo que cometes un gran error. A nadie en estos tiempos se le ocurriría casarse sin antes haber probado las sábanas. ¿Y si no te gusta? ¿Y si a él le gusta ponerse tangas rosas de angora? ¿Entonces qué?
Lali: ¿Pablo? ¿Angora rosa?
Rochi: Podría pasar.
Lali: Rochi, hace el mismo tiempo que lo conocemos. ¿De verdad puedes afirmar que piensas que esconde algún desvío raro?
Rochi: No, pero tampoco puedo creer que lleves con él dos años y aún no lo hayas asaltado. Yo lo habría hecho.
Lali: Y hablando de él, ¿dónde está? —preguntó Lali
Rochi: La última vez que lo vi se hallaba con Pocahontas y Marilyn Monroe.
Lali bebió otro sorbo de champán. Debería parar, ya había tomado suficiente. Pero aún persistía la sensación de incomodidad, empeorada por la charla mantenida con su mejor amiga. ¿Podría ser que todo fuera frustración? Era cierto que llevaba largo tiempo sin hacer el amor, pero no le había molestado en absoluto.
Su relación con Pablo se basaba en otras cosas. Respeto, afecto y un mismo entorno, por mencionar sólo algunas cosas. A través de su bufete de abogados la había ayudado en su trabajo en los refugios para mujeres de Houston... al menos económicamente. Incluso había aceptado que la fiesta de esa noche sirviera para recaudar fondos.
Con 33 años, era 7 años mayor que ella, y a Lali eso le gustaba. Era un hombre de verdad, no un niño. Muy maduro, y a pesar de que tendía a olvidar cosas pequeñas como el Día de San Valentín, seguía siendo muy considerado. La llamaba todos los días, incluso cuando salía de la ciudad.
Otra muestra de su consideración hacia ella era que le pidiera si le importaba esperar hasta la noche de bodas. Por supuesto, Lali aceptó al instante. Había algo caballeroso y apropiado en su petición, algo que encajaba en su búsqueda de una vida bien planificada. Ninguna de las decisiones que tomaba sobre Pablo se basaban en la pasión. Ya había pasado por eso. En esta ocasión, pensaba usar la cabeza y no las hormonas.
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