La llamada a la puerta del dormitorio despertó a Lali con un sobresalto. Había estado soñando, sueños en los que gritaba y gritaba y nadie le respondía. Necesitó unos momentos para darse cuenta de que se hallaba a salvo en su cama, y que eran las seis de la tarde, no de la mañana.
—¿Lali? ¿Estás bien?
Lali: Pasa, mamá —dijo, todavía sin ganas de levantarse. La puerta se abrió y Gime entró, meneando la cabeza.
Gime: Es hora de cenar y tú durmiendo. Hay tanto que hacer en las próximas semanas, Mariana. ¿Has terminaste con la distribución de los asientos?
Lali: En parte. Pero creo que mañana tendremos que echarle un vistazo juntas. No conozco a algunas personas que has invitado, de modo que no sé dónde ponerlas.
Gime: Claro que te ayudaré. No es un trabajo fácil. Habrá tantas personalidades.
Lali: Será mejor que me lave para la cena.
Gime: ¿Podemos hablar primero unos momentos? —Lali asintió mientras su madre se sentaba en el borde de la cama— Es sobre Peter —ya lo había adivinado. Lo que no sabía era lo enfadada que estaba su madre— No sé qué le ocurrió a tu padre. Jamás debería haber aceptado que se quedara en nuestra casa.
Lali: Papá pensaba en mí, eso es todo.
Gime: ¿Y eso qué significa?
Lali: Papá sabe que le debo a Peter una disculpa.
Gime: Por supuesto que no. Es al revés, por el amor del cielo. ¡Te dejó! Después de todo lo que hiciste por él. Aún no puedo creer que no lo veas de esa manera. Debería haberte besado los pies en vez de marcharse como un oso herido.
Lali: Mamá, no quiero hablar del asunto —se levantó y fue al vestidor a ponerse ropa nueva.
Gime: Debemos hablarlo, Lali. El rufián de tu ex marido vive aquí mientras tu novio está fuera de la ciudad. ¿Qué impresión crees que causa? Si a ti no te importa tu reputación, al menos ten la decencia de pensar en la mía.
Lali: Se aloja en la casa de invitados. No hay nada malo en eso.
Gime: ¿Qué dices? Hay un millón de cosas malas en eso, empezando con el hecho de que la gente ya habla de ustedes. No pienses que nuestros amigos no recuerdan. Saben del estercolero que viene. Todos saben que su madre era una prostituta y su padre es un borracho.
Lali se volvió para mirar a su madre, dominada por una ira y frustración antiguas ante esa discusión tan repetida.
Lali: No lo sabes. Y aunque no fuera así, no importa. Jamás importó. Peter es un hombre independiente, rico y con éxito. Si la gente no es capaz de verlo, entonces es que está ciega.
Gime se levantó. Su peinado perfecto, que una vez por semana le hacía el estilista más caro de Houston, temblaba por su cólera. Su faz por lo general pálida se veía acalorada por la pasión.
Gime: Mariana, no volverán a humillarme. Casi no sobreviví al primer fiasco, y jamás he estado más agradecida a alguien que a Peter Lanzani cuando se marchó. Pablo es un hombre perfecto, con una familia maravillosa y una excelente educación. Eres afortunada de que te acepte, después de haber estado con Peter.
Lali: ¡Para mamá! no estoy avergonzada de haberme casado con Peter, ¿me oyes? Sólo me avergüenza el modo en que lo traté después, cuando pensé que no era lo bastante bueno. Me equivoqué. Me humillé a mí misma, ¿no lo comprendes?
Gime: No te entiendo en absoluto —su madre se dirigió a la puerta— Pensé que te había educado mejor.
Lali: Lo hiciste. Me educaste para tener respeto por los demás, sin importar su pasado. Peter jamás mereció menos.
Gime: Era basura. Sigue siendo basura, sin importar cuánto dinero haya ingresado en su cuenta bancaria. No puedes arreglar un mueble antiguo con una capa de pintura, Mariana.
Lali: Por favor, para —requirió un acto de voluntad contenerse— Te lo suplico. Nunca estaré de acuerdo contigo en esto. Nunca.
Gime: Sólo rezo para que el pasado de Peter no vuelva para abofetearte en la cara. Y ahora, por favor, arréglate para la cena. A pesar de mis deseos, tenemos un invitado.
La puerta se cerró con suavidad. Lali se quedó quieta. No podía creer que su madre odiara tanto a Peter. Ya habían mantenido conversaciones similares en el pasado, pero jamás había estallado de esa manera. Nunca había dicho cosas tan hirientes.
Lali recordó la primera vez que su madre había ido al departamento que tenía con Peter cuando estaban casados. Había quedado horrorizada por lo pequeño que era. ¿No se había dado cuenta del daño que le había hecho la indiferencia de su madre a Peter? Sin embargo, lo único que había hecho él había sido matarse en dos trabajos para poder comprarle un sofá y una lámpara nuevos. Sólo velaba por su felicidad, tratándola como a una princesa, a una diosa. Y en todo momento ella le había hecho saber que no bastaba.
Su padre tenía razón. Le había arrebatado el orgullo, pero no sólo con el currículo. Había empezado mucho antes. Lo que no podía imaginar era cómo Peter habría llegado a perdonarla, incluso mirarla.
Cerró el cajón abierto y caminó despacio hasta el vestidor, se arregló y bajó al comedor.
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