Pablo: Lo siento —intervino, adelantándose— ¿Nos conocemos?
—No, no hemos tenido el placer. Soy Peter Lanzani. El ex marido de Lali— Peter apenas podía creer lo bien que iban las cosas. Mucho mejor de lo que había imaginado. De hecho, eran perfectas. Jamás había soñado que ella sería quien pusiera a rodar la pelota, por decirlo de esa manera. No se había entusiasmado tanto en años. Suponía que debería sentirse culpable porque ella lo había confundido con su prometido, pero no albergaba ni el más leve rastro de remordimiento. Es verdad que un caballero habría revelado el error. Pero él no era un caballero. No en lo que concernía a Lali. Por eso se había casado con él, aunque dudaba de que alguna vez lo reconociera.
Pablo: Vaya, vaya —extendió la mano—. Encantado de conocerte, Peter. Lali me ha hablado mucho de ti— Peter aceptó la mano que Pablo le ofrecía, sin sorprenderse de notarla un poco húmeda y de que se la estrechara con un poco de exceso de fuerza.
Peter: Espero que no lo utilices en contra mía— Pablo soltó una risita poco convincente.
Pablo: Estupendo disfraz —dijo— ¿Cómo se te ocurrió? —Peter miró a Candela, que se situó detrás de su padre.
Peter: Creo que malinterpreté la invitación —anunció— No sabía que se esperaba que el futuro marido fuera el único Fantasma.
Pablo: No pasa nada. Cuantos más seamos, mejor— Lali tosió y Rochi se volvió y asió una copa de champán de la bandeja que llevaba un camarero que pasaba. A Peter le daba la impresión de que Lali había compartido su pequeño secreto con Rochi, lo cual no era de extrañar, ya que lo hacían desde la escuela primaria. Al menos ésta no parecía querer matarlo. Se acercó a su vieja amiga y le dio un beso en la mejilla.
Peter: Hola, preciosa.
Rochi: Bienvenido —intentando ocultar una sonrisa perversa, pero no lo consiguió—. Has hecho una entrada espectacular.
Peter: Lo intento —sonrió mientras centraba su atención otra vez en Lali, que parecía no sólo querer matarlo, sino hacerlo despacio, con instrumentos oxidados. Aunque también daba la impresión de que podía desmayarse antes de disfrutar de la oportunidad. Había querido desequilibrarla, pero esperaba que se recuperara pronto. Los de su clase no se permitían una exhibición de emoción en público. Pero para cerciorarse, dio otro paso hacia ella.
Lali: No te acerques más —retrocedió y alargó la mano como si fuera un escudo —Quédate donde estás. O mejor aún, márchate. Márchate— Peter no tenía intención de irse. Apenas había empezado el juego.
Nicolás: ¡Mariana! —exclamó su madre— Por favor, baja la voz. ¿Es que todo el mundo tiene que enterarse de lo que nos sucede?— Peter observó a Lali recuperar la compostura. Echó los hombros hacia atrás y alzó la barbilla, pero el pánico todavía hacía que mantuviera los ojos muy abiertos. Estaba más hermosa que en sus sueños. Tragó saliva, no preparado para el modo en que se le encogió el estómago. No había contado con eso. Ella se volvió con calma hacia Luis XVI —Papá, haz que se vaya— Su padre la miró un momento, luego a su esposa y después a Peter. La mirada de Nico se mantuvo en él un instante prolongado e incómodo, luego se centró otra vez en su hija.
Nicolás: Siempre ha sido bienvenido en esta casa. No veo motivo para cambiar eso ahora— Lali se quedó boquiabierta, pero su reacción no fue nada en comparación con la de Gimena. El abanico se detuvo en mitad del aire, su inmensa peluca blanca tembló y las mejillas empolvadas enrojecieron.
Gime: ¡Nicolás! —dijo. Éste observó a su esposa con una determinación que su maquillaje no pudo ocultar del todo. No pensaba ceder, a pesar de que resultaba obvio que iba a pagar cara su traidora actitud.
Peter intentó no mostrar su satisfacción. Siempre había admirado a Nicolás Espósito. Era tranquilo, pero tenía agallas. Había sido bueno con él, incluso después del divorcio. Mucho más amable que su propio padre.
Pero ya se lo agradecería luego. En ese momento, tenía que suavizar la situación. Una mirada casual le indicó que había muchos oídos centrados en el pequeño grupo. No podía permitirse el lujo de que las cosas se escaparan de las manos tan pronto. Su regreso tenía varios pasos, y ése sólo era el primero. Le sonrió a Lali.
Peter: Me sorprendes, princesa —meneó la cabeza— y me hieres. Pensé que éramos amigos.
Lali: Deja eso de princesa... víbora.
Peter: ¿Yo? Lali, cariño, lo único que te deseo es felicidad. Bendición matrimonial. He venido para comprobar que recibes todo lo que te mereces. Nada menos.
Lali: ¿Y qué se supone que significa eso? —entrecerró los ojos con suspicacia.
Peter: Que vengo a ofrecerte mis mejores deseos para tu futura felicidad —repuso con una ceja enarcada.
Ella se ruborizó y Peter supo que no le creía. No le molestó. Le gustaba que no supiera qué esperar. Aunque ella no era la única. Dios, aún tenía el poder de quitarle el aliento. Posó la vista en su piel, tan suave y bella que había temido tocarla aquella primera noche. ¿Y quién podía olvidar sus ojos? ¡Lo que había aprendido de Lali a través de ellos! Era un libro abierto, si se sabía cómo leerla. No es porque fueran de un café oscuro, o tuvieran una forma de perfecta almendra. Sencillamente, sus ojos telegrafiaban todas sus emociones. Desde el miedo al deleite y la pasión. A pesar de todo, de que lo hubiera llamado víbora, podía ver los signos en su mirada.
Su entrada había sido perfecta. Jamás había soñado tenerla en sus brazos tan pronto. Y tan dispuesta. Claro está que ella diría que no sabía que era él. Pero ese primer beso casi hizo que se postrara de rodillas. Demonios, estuvo a punto de hacer que reconsiderara su plan.
Lali se volvió para quitarle la copa de champán medio vacía a Rochi, y se la bebió de un trago.
Peter decidió que su mejor apuesta era ganarse a Gime. Nicolás ya había declarado su postura, y después de ver el disfraz de Pablo supo que Cande iba con él. La hermana pequeña de Lali no había mencionado que llevaría el mismo disfraz que el novio. Le envió la caja, que incluía la máscara, la capa, el sombrero y el maquillaje, junto con las instrucciones de cómo ponérselo.
Se dirigió a Gime, la única persona que podía estropearlo todo, y sonrió.
Peter: Estás espléndida —comentó— Y esta maravillosa fiesta lleva tu sello.
Gime: Ahórrate los halagos, jovencito —se ruborizó y agitó el abanico— A pesar de lo que dice mi marido, no me gusta que hayas irrumpido en nuestra casa. Esta es la noche de Lali. No quiero que nadie la estropee.
Peter: No pretendo hacerlo. Tienes mi palabra, Gimena, no he venido a estropear esta espléndida fiesta. De verdad deseo lo que es mejor para Lali, eso es todo— Ella lo estudió un largo rato, lo cual resultó desconcertante, ya que una de sus pestañas postizas estaba ladeada. Pero Peter mantuvo firme el contacto visual. Sabía que Gimena no iba a ser una amiga, pero no la quería como enemiga activa. Tenía demasiada influencia sobre Lali.
Gime: Bueno —comentó y sacudió la cabeza. Le lanzó una de sus sonrisas más encantadoras, aunque no pudo estar seguro del efecto debido al estúpido maquillaje. No lo recibía con los brazos abiertos, pero tampoco había llamado a la policía. Decidió atacar una vez más. Ignoró adrede a Lali y se volvió hacia Nico.
Peter: ¿Tenes habitación para un ex yerno durante unos días? ¿Hasta el sábado?
Nico: Claro que sí —respondió, antes de que Gime o Lali tuvieran la oportunidad de replicar— Puedes quedarte en la casa de invitados.
—¡Qué!— Peter tuvo que ocultar su satisfacción ante la protesta simultánea de Gime y Lali. Gimena se concentraría en su descarriado marido, lo cual permitía que él se centrara sólo en Lali. Cuanto más miraba su expresión espantada, más le revelaba. Si no hubiera sentido lo mismo que él en el armario, poco le habría importado que se quedara o no. «La dama protesta mucho», pensó. Sólo había una conclusión posible. Mariana Espósito aún sentía algo por él. Lo cual era la guinda que colmaba la tarta.
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