Lali empezaba a sentir más y más curiosidad. El día había comenzado sin rastro de Peter. Su sitio para el desayuno estaba preparado, pero no apareció. Su familia había ido a misa, y ella se había quedado, sin saber si debía llamar a la casa de invitados o dejarlo en paz.
Lo más prudente, desde luego, era eso último. Aún se sentía culpable por lo del día anterior. No debía besar a ningún otro hombre, y en especial a Peter. Pero, cuando la besaba, toda su lógica y raciocinio se desvanecían. Besar a Pablo era como besar a un amigo. Besar a Peter era como... fuegos artificiales.
Desde el momento en que se conocieron, Peter la había puesto en un pedestal. La imagen que tenía de ella era idealizada, y así como resultaba halagador, asimismo era imposible estar a esa altura. Eso había cambiado, por supuesto, cuando ella cayó con tanta dureza desde su cima. Pero la cuestión era que hasta que no aclararan el pasado, no sabría qué tenían. Y tampoco sabría qué hacer.
Ésa era su misión. Aprovechar la oportunidad de estar a solas con él para disculparse. Era por eso que había aceptado acompañarlo a comprar una casa.
Era el día libre de Julia, así que llevó los platos a la cocina. Mientras fregaba su taza, miró por la ventana más allá de la piscina, hacia la casa de invitados. Con las cortinas corridas, no sabía si se había levantado. Luego, miró la piscina y pensó en Rochi.
La noche anterior le pasaba algo, pero no estaba segura de qué podría ser. Lo que le preocupó de verdad fue percibir que había tensión entre ellas, algo que no había sucedido en los años que se conocían. La tensión comenzó cuando se comprometió. Sospechaba que a Rochi no le gustaba Pablo, aunque era demasiado buena amiga como para expresarlo. Quizá, si pudieran pasar más tiempo juntos, Rochi vería que Pablo era un hombre agradable.
Cuando Pablo regresara a la ciudad, se ocuparía de que ambos tuvieran más tiempo para llegar a conocerse. No quería que nada se interpusiera entre Rochi y ella.
Miró hacia la cabaña de invitados. Peter cerró la puerta y se dirigió a la casa. A Lali se le aceleró el pulso y sintió un cosquilleo en el estómago, parte expectación y parte temor.
--
Lo estudió mientras conducían en silencio. Todas las casas de esa zona superaban el millón de dólares. Estructuras grandes de ladrillo con jardines bien cuidados y enormes ventanales delanteros. Era el lugar más caro de Houston.
Peter: Aquí está —indicó al entrar en un camino circular.
Ante Lali había una mansión, no una casa. Mucho más grande que el hogar palaciego de sus padres. Salió, rodeó el vehículo y le abrió la puerta. La condujo escalones arriba hasta la puerta de entrada, que se abrió antes de que llamaran. Una mujer muy bonita con pelo largo, un vestido rojo muy ceñido y zapatos con tacón de aguja los invitó a pasar.
—Bienvenido, señor Lanzani. Y usted debe de ser la señora Lanzani.
Peter: Es la señorita Espósito —corrigió él.
—Oh —comentó la mujer— Lo siento.
Peter: Lali, te presento a la señorita Chavanne.
—Llámeme Belén, por favor —alargó una mano con uñas perfectas— Dejen que les muestre el lugar.
Durante la siguiente hora la mujer de poco más de veinte años les habló sobre los beneficios de comprar la mansión.
Sin embargo, Peter apenas le prestó atención. No dejaba de mirar a Lali con una mezcla de expectación y decepción. Como si hubiera esperado algo de ella que ésta no le había dado, a pesar de mostrarse bastante expresiva en su admiración por la casa. En especial cuando se quedó boquiabierta ante una biblioteca que parecía salida de una película inglesa antigua de las que a ella le encantaban, con su escalera, chimenea, sillones de oreja e incluso una manta hecha a mano sobre un sofá.
Peter: Pensé en ti cuando me hablaron de esta habitación —dijo él— En una ocasión me comentaste que querías una biblioteca que hiciera que Henry Higgins se muriera de envidia.
Lali jamás esperó que él recordara algo así. ¿Y por qué el hecho de que lo hiciera le provocaba deseos de llorar?
Belén y Peter habían continuado mientras ella se demoraba en la biblioteca. Se volvió y los vio por la mitad de las escaleras, con la agente por delante, cerciorándose de que su trasero se contoneara de forma tentadora. Se apresuró a alcanzarlos. El dormitorio principal se hallaba arriba, y dada la grandiosidad de la casa, no podía imaginarse qué le esperaba.
Fuera lo que fuere, ni se había aproximado. No era el dormitorio principal. Se trataba de un palacio. La cama enorme con dosel de estilo californiano ni siquiera parecía grande. La moqueta era tan mullida que podías perder los zapatos en ella. Podrían haber asado media vaca en la chimenea. El sofá, los dos sillones y la mesita que había en un rincón habrían estado perfectos en un salón amplio. Luego estaba el armario, tan espléndido que un experto ebanista debió construirlo específicamente para esa habitación.
Belén: Sabía que le encantaría —indicó ella muy cerca de Peter. Le tomó la mano y se dirigió hacia la cama. Con la mano libre alisó la impoluta colcha, sin dejar de mirarlo con sus ojos grandes y hambrientos.
Lali había captado sus coqueteos en todo momento, pero ésa era la primera ocasión en que se mostraba tan descarada. Aunque entendía que Belén sabía que Peter y ella no estaban casados, no habían establecido con claridad cuál era su relación, y, con sinceridad, esa mujer empezaba a irritarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario