Estaba oscuro. Muy oscuro. Pero eso no era malo. De hecho, resultaba una bonificación con la que Lali no había contado. Antes de poder perder su determinación, subió la mano por el pecho de Pablo hasta que encontró su rostro. Un segundo más tarde, las máscaras de los dos habían caído al suelo. Respiró hondo y se adelantó para darle el beso que llevaba dos años conteniendo.
Él emitió un sonido que Lali tomó como de satisfacción, aunque podía indicar sorpresa. No importaba. Mientras no la parara, pensaba llegar hasta el final. Se pegó más a él y ahondó más el beso, abriéndole los labios y los dientes. Sabía a champán.
Entonces, mientras bajaba la mano por su pecho, Pablo le devolvió el beso. Fue su turno de sentirse sorprendida. Sucedió... algo. Algo bueno. Santo cielo. No tenía ni idea de que pudiera besar de esa manera. ¿Por qué diablos no lo había hecho antes? ¡Así que los dos se habían estado conteniendo! Quizá le gustaran los armarios. No le importaba. Si la besaba de ese modo, viviría en un armario.
Gimió de placer y experimentó una sensación casi olvidada de puro y perverso abandono. Continuó su exploración bajando los dedos más allá de su cintura.
No le costó distinguir que lo entusiasmaba ese acercamiento improvisado. Y se entusiasmaba más por momentos. ¿Es que había estado loca?
Lali: No puedo creer que hayamos esperado tanto para hacer esto —susurró— Que tú jamás... —Con la mano alrededor de su cintura él desterró las palabras. La pegó a su cuerpo para que pudiera sentirlo desde el hombro hasta los muslos. De algún modo, su cuerpo parecía más duro, más ancho. Era gracioso lo que podía hacer un beso. Él se movió y ella puso objeciones, pero sólo durante un segundo. ¿Cómo podía quejarse de que descubriera ese hueco en su garganta? Ciertamente no tenía objeciones para que usara su lengua de ese modo tan artero. Estuvo a punto de perder el sentido en sus brazos cuando inclinó la cabeza hacia el espacio entre sus senos.
En ese instante, Lali oyó algo justo delante de la puerta. Se quedó paralizada. Él fue a decir algo, pero en seguida le tapó los labios con los dedos.
Lali: Shh —musito. Volvió a besarla y todos los pensamientos del mundo que había más allá del armario se desvanecieron. Lo siguiente que supo fue que él había hecho que giraran hasta que Lali quedó apoyada en los abrigos. Se pegó a su cuerpo, pero ella lo quiso aún más cerca. Sintiéndose tonta y embriagada, le tomó la mano y la bajó hasta la altura de la rodilla, luego empezó a subirse la falda, indicándole lo que deseaba.
Pablo: Lal... —De nuevo apoyó los dedos en sus labios.
Lali: Shh —repitió, volviendo a guiar su mano. Él tomó el mando y plegó la tela hasta que ella sintió la falda y la enagua subir por sus piernas y muslos, y no paró hasta que el disfraz quedó arrugado en torno a su cintura. Lali emitió un jadeo de deliciosa sorpresa cuando notó que con osadía le exploraba las caderas, los muslos y luego la entrepierna.
Lali: Vaya —murmuró— Santo cielo —se calló; la conciencia de que alguien podía abrir la puerta en cualquier segundo la hizo temblar de excitación. Continuó su beso profundo mientras sus manos se mantenían ocupadas. Introdujo los pulgares entre el borde de las braguitas para bajarlas lenta, lentamente por sus muslos.
A Lali el corazón le latía con fuerza en el pecho y en las sienes. No había creído que fuera de esa manera. Ni siquiera había estado segura de que quisiera llegar hasta el final con él. Pero en ese momento, con su boca en la suya, haría falta el fin del mundo para detenerla. Se sentía tan descarada y desvergonzada.
Había pasado mucho tiempo desde que se sintió así. Cuatro años. ¿Cómo pudo estar tan equivocada? En todo momento había pensado que sólo un hombre podía excitarla de esa manera. Que sólo un nombre podía quitarle el aliento, debilitarle las rodillas y crear semejante fuego en su interior.
¡Necia! Había sido tan estúpida. Pablo tenía manos mágicas, besaba como el hombre de sus sueños. Sabía instintivamente qué deseaba y la incitaba con ese conocimiento.
El vestido se interpuso en su camino cuando quiso agarrarse a él. A cambio, tuvo que echar las manos atrás y aferrarse al abrigo de visón de su madre. Deseó que hubiera una luz para poder verle la cara. Entonces sintió su aliento en el estómago y cerró los ojos, sin echar de menos la luz.
A partir de ese momento, aguantó para no desmayarse. No podía ser que se debiera a que hacía mucho tiempo que no experimentaba el sexo. No podía ser que su cuerpo estuviera tan listo que alcanzó el climax sólo por el modo en que él jugó con su boca, y de nuevo cuando se incorporó y le hizo el amor hasta que se vio obligada a acallar sus gritos sobre su cuello. Había algo más. De algún modo, Pablo sabía qué le gustaba y qué anhelaba.
Mientras se esforzaba por recuperar el aire, lo único en lo que pudo pensar fue que durante dos años había estado con un lobo disfrazado de oveja. ¿Cómo era posible? Había creído conocer a Pablo. Ni una sola vez había exhibido esa parte de su carácter.
Sus besos en el pasado habían sido agradables. Cálidos, dulces, apropiados. Nada como ese fuego ardiente y urgente. Su contacto había sido tierno, tentativo. Pero en ese momento él recorría su cuerpo como si quisiera poseerla por entero.
Una vez más él se incorporó contra ella, y Lali probó el pecado de sus labios. Dejó caer la falda, pasó las manos por su cuello y lo provocó con la lengua hasta que lo oyó gemir.
Entonces, y sólo entonces, ella se detuvo. Se apartó despacio. Respiró otra vez. Sintió la amortiguación de los abrigos a su espalda. Pasados varios momentos y tras unas tranquilizadoras inspiraciones, se sintió un poco más normal. En seguida, fue consciente de su entorno, de que se hallaban en un armario. Intentó recomponerse, aunque supo que su pelo necesitaría un espejo. Pablo la golpeó dos veces en las costillas en su precipitación por imitarla. En cuanto supuso que le había brindado tiempo suficiente para arreglarse, abrió la puerta.
La costa estaba despejada. Pero no salió. Cerró la puerta una vez más y le dio un beso suave en los labios, sobresaltándose un poco cuando su mejilla tocó la frialdad de la máscara.
Lali: Jamás soñé que pudiéramos estar así juntos —susurró— Me siento muy contenta, porque es algo que me gusta hacer. Y mucho— La calló con los dedos en los labios. Lali lo entendió. Las palabras no resultaban adecuadas y, además, estaba el peligro.
En esa ocasión, no miró atrás. Abrió la puerta y se lanzó hacia la estancia, vestíbulo abajo y al tocador. Lo había conseguido sin que la descubrieran. Cerró la puerta a su espalda y se plantó ante el espejo para tratar de arreglarse y, lo más importante, intentar comprender qué acababa de suceder.
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