domingo, 18 de marzo de 2012

Capítulo 27


Pablo estaba absolutamente quieto en el sillón de terciopelo azul, como si hubiera comprado una entrada para contemplar una tragedia y aguardara el último acto. Sus ojos que siempre habían sido cautos se hallaban llenos de una cólera que ella nunca antes había visto.
Lali: ¿Qué haces aquí? —preguntó, su corazón latía con furia.
Pablo: Regresé temprano —repuso con voz gélida— Sorpresa.
Lali: Pablo… —comenzó, dando un paso hacia él— Dejame explicarte.
Pablo: No es necesario. Soy una persona bastante observadora.
Peter: Fue por mi culpa. Me estaba despidiendo —con la vista clavada en el Pablo— No tenía por qué besarla, y lamento eso. Pero no tienes nada de qué preocuparte. Me voy. Y no regresaré.

Lali sintió que el pecho se le contraía tanto, que apenas pudo respirar. Quiso decirle que no, que no podía irse, pero eso estaba mal. El hombre al que se suponía que amaba se hallaba sentado en el sillón.
Peter: Lo siento —musitó con tanta suavidad, que ella dudó de que las palabras llegaran hasta el sillón— Adiós, La —se volvió para irse, y sin siquiera pensarlo, ella alargó la mano para detenerlo. Pero Peter no miró atrás.
Pablo: Ésta es tu oportunidad. Si lo quieres, ve tras él.

Lali bajó el brazo y se volvió una vez más para mirar al hombre que iba a ser su futuro marido.
Lali: Es complicado —explicó— Pero no es sobre nosotros. Eso... no tuvo nada que ver contigo.
Pablo: ¿No?— Ella meneó la.
Lali: Teníamos unos asuntos inconclusos…
Pablo: ¿Concluyeron ya? —la voz de Pablo sonaba tan tranquila que podría haberla engañado haciéndole creer que no le importaba. Pero la ira aún seguía allí.
Lali: Eso creo —deseó no querer salir a toda velocidad para reunirse con Peter en la casa de invitados. Delante de ella se encontraba el futuro por el que tanto se había afanado, la cordura que había suplicado, el hombre que podía garantizarle el tipo de vida que se suponía que debía tener. Pero le parecía que su corazón acababa de abandonarla.
Pablo: Eso crees —repitió— Deja que te diga algunas cosas sobre tu ex marido — avanzó despacio hacia ella— He hecho algunas averiguaciones sobre tu muchacho. Su imperio no se basa en cimientos muy sólidos. Se ha abierto paso con un par de buenas empresas, pero su historial dista mucho de ser perfecto. Podría desaparecer en un minuto. Un mal paso, y vuelta a empezar.
Lali: Pablo, para. No quiero oírlo.
Pablo: Pero eso no es lo peor —continuó como si ella nunca hubiera hablado— Hay algo muy escurridizo acerca de su pasado, sobre cómo entró en Merrill Smith. Aún no tengo todos los datos, pero cuando disponga...
Lali: Pablo, no. Hablo en serio. No hagas esto. No es necesario. Peter y yo hemos terminado. Reconozco que me dejé llevar, pero todo fue por el pasado, no el presente. No hay motivos para que sigas hurgando en su vida.
Pablo: Yo juzgaré eso —avanzó los pocos pasos que los separaban. Estaba lo bastante cerca como para tocarla, pero no lo hizo.
Lali: Te pido que pares —pidió.
Pablo: No te prometo nada. No después de lo que vi esta noche.
Lali: Pablo, si lo haces...
Pablo: ¿Qué? —le aferró los brazos y la paralizó— ¿Cancelarás la boda? ¿Todavía lo amás?
Debería responder que no. Debería negarlo con todas sus fuerzas.
Lali: No lo sé —Pablo la soltó, pero le asió las manos y la obligó a seguir mirándolo— Sé que tú y yo somos adecuados el uno para el otro. Lo que Peter y yo tuvimos era distinto, algo que no era bueno para mí. Eso lo sé. No lo quiero de nuevo. Por favor, créeme.
Pablo: ¿Se supone que debo sentirme satisfecho con que sigas amándolo pero te cases conmigo?
Lali: No he dicho que lo amara.
Pablo: Pero no lo has negado.
Lali: Pablo, por favor. Estoy tan cansada y confusa. .. ¿No puedes confiar en mí un poco más?
Pablo: No lo sé —se apartó.
Lali: Hablaremos de nuevo mañana. Te lo prometo. Después de que los dos hayamos dormido un poco.
Él respiró hondo y exhaló muy despacio.
Pablo: De acuerdo. Vendré mañana al salir del trabajo —ella suspiró y cerró los ojos. No lo merecía, pero había ganado tiempo— Y será mejor que él se haya ido —añadió al dirigirse a la puerta— No quiero que vuelvas a verlo. Jamás —la observó con mirada ardiente hasta que ella asintió. Sólo entonces se marchó.

Prestó atención a sus pisadas hasta que desaparecieron. Con cuerpo tembloroso fue a la cama y se sentó, agradecida de no haberse derrumbado en el suelo. ¿En qué lío se había metido? Querer a Peter era como querer bailar con el diablo. Lo sabía. Sin embargo...

Se tumbó, cubrió su cuerpo vestido con la colcha y rezó por conciliar el sueño.

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Peter metió las camisas en la maleta. No le importaba el desorden que creaba, lo único que deseaba era guardar sus cosas y largarse.

No podía creer lo que había hecho. Vaya momento para comportarse como un caballero. Había tenido su oportunidad y la había estropeado, igual que todo desde que volvió junto a Lali. Debería haber aprovechado el momento para decirle a Pablo que no iba a tener a Lali, ni esa noche ni nunca. Debería haberla abrazado y hacerle ver que él era el hombre al que había amado una vez y al que aún amaba, quisiera o no reconocerlo.

Pero se había marchado con el rabo entre las piernas como el perro que era. El tonto débil que había dominado el arte de perder, de desperdiciar la oportunidad para ser feliz. Todo porque cinco años atrás había sido un imbécil. Asumió un riesgo estúpido por unos beneficios que no eran seguros. Había apostado su último centavo porque no tenía nada que perder. O eso pensaba. Vaya broma.

Cerró la puerta del armario y fue a recoger sus cosas del cuarto de baño. Tiró del cable de la máquina eléctrica de afeitar, y al no conseguirlo, arrojó la maldita cosa a la bañera y escuchó el plástico hacerse añicos. Al girar captó su reflejo en el espejo. Apagó la luz sin desear ver al idiota que había obtenido su deseo, pero perdido la razón por desearlo en primer lugar. Todo su éxito no significaba nada, menos que nada. Era su castigo. Y se merecía hasta el último centavo.

Continuará… 

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