Lali vio a Pablo subir a su auto, luego cerró la puerta y apoyó la frente en la fresca madera. Qué noche. Qué pesadilla. Pablo sabía que algo iba mal, aunque no podía imaginar que adivinara lo que había hecho con Peter en el armario. ¿Quién podría? No era propio de ella, al menos no de la mujer en que se había convertido. Años atrás, hacer algo tan descabellado, desinhibido, no habría parecido tan fuera de lugar, pero había crecido. Se había hecho más sabia, más cauta.
Culpaba de todo al champán. Debía de ser por el champán. A partir de ese momento, jamás volvería a beberlo. Era una promesa.
Durante años, se había esforzado para desterrar a Peter de sus pensamientos. Olvidar lo que había significado para ella, y el modo tan horrible en que todo había terminado. Se había entregado a su trabajo de recaudar fondos, se había dedicado a ser una buena novia. Se había recreado en la mujer que se suponía que era, y había dejado el pasado atrás. En ese momento, se dio cuenta de que todos sus esfuerzos habían sido en vano. Los viejos sentimientos, renovados como si el tiempo no hubiera pasado, remolineaban en su interior, los recuerdos se confundían, pero cada uno tan nítido como un golpe en el estómago.
Pero eso no era lo que más le molestaba. Los sentimientos negativos, las viejas heridas, al menos resultaban familiares. Le preocupaban los otros recuerdos. Los buenos. La sensación tan intensa de amor que amenazaba con dejarla sin aire. La excitación que siempre había acompañado a Pedro, que hacía que se le acelerara el pulso y sus ojos lo buscaran entre la gente, en cada habitación vacía.
Sólo de pensar en ello su cuerpo la traicionó otra vez. Se sintió tensa, ansiosa. Experimentó todas las viejas sensaciones que la habían asaltado cuando había deseado a Peter en todo momento. Cuando por nada habían sido capaces de mantener las manos quietas. ¡Dios, había creído desterrar esa parte de ella!
Cerró los ojos, y el torrente de recuerdos sensoriales estuvo a punto de ahogarla. El modo en que la había tomado como si le perteneciera. Casi podía sentir sus manos al subir por sus muslos. Cómo sabía besarla, tocarla. Hacer el amor con Peter era como tomar una droga. Le quitaba la lógica, la razón. Y la dejaba necesitando más y más.
Pero eso no significaba que aún lo amara. No podía amar a un hombre que la había herido de ese modo. Que no la comprendía... al menos ya no. Sería una locura dejar que Peter volviera a entrar en su vida.
—Lali, ¿sigues levantada?— Se volvió y vio a su padre con la familiar bata y zapatillas azules. Tenía un vaso con leche, que sabía que era para su madre.
Lali: No por mucho tiempo, papá. Ni siquiera creo tener la energía para quitarme este disfraz.
Nicolás: Muy bien, entonces. Que duermas bien.
Lali: Me gustaría preguntarte una cosa —apoyó la mano en su brazo.
Nicolás: ¿Sí?
Lali: ¿Por qué te mostras tan amable con Peter?
Nicolás: Sentémonos —frunció el ceño y la condujo a la mesa del comedor— Sé que él te hirió—explicó— Pero también sé que tú lo heriste.
Lali: No, él... —meneó la cabeza.
Nicolás: ¿Cariño? Reconozco que no es agradable, pero tampoco es justo seguir culpando a Peter. Tú tuviste parte activa en ello.
Lali: Fue un error estúpido. La reacción de Peter fue absolutamente desproporcionada.
Nicolás: En realidad, lo único que tiene un hombre es su orgullo —comentó con suavidad— Tú se lo quitaste.
Durante un instante Lali no pudo hablar. El nudo en la garganta era demasiado grande. Sabía que su padre tenía razón. Lo que pasaba... Dios, no quería que la criticara. El no. Su padre siempre había estado para ella. Siempre le había hecho saber que era querida. Lo único que había deseado era que se sintiera orgulloso de ella, pero lo que había hecho con Peter no lo había enorgullecido. Lo miró y vio tanto afecto que no pudo evitar llorar. A pesar de todo, aún la quería.
Lali: Lamento haberte decepcionado.
Nicolás: Te quiero —alargó el brazo y le apretó la mano— Estoy orgulloso de vos. Te has convertido en una mujer maravillosa. Todo el trabajo que realizas para esas mujeres, el modo en que te preocupas por los demás. Pero este asunto con Peter no va a desaparecer. Es hora de que lo encares. Por eso dejé que se quedara. Para que hables con él. Para que te disculpes.
Lali: Él fue quien me dejó, ¿lo recordas? No al revés.
Nicolás meneó la cabeza y apoyó la mano en la de ella.
Nicolás: No te eduqué para que huyeras de tus errores. Mentiste sobre él. Intentaste convertirlo en alguien que no era.
Lali: Pensé que eso ayudaría —afirmó, pero ni a ella se le escapó la debilidad de su voz.
Nicolás: ¿De qué modo? La gente comprueba los currículos, Lali. Lo sabes. Si hubieran descubierto esas mentiras, podría haber estropeado todo su futuro.
Lali: Papá, sólo quería ayudarlo a conseguir un trabajo. Estaba tan desesperado, y tampoco dije que fuera médico o algo parecido. ¿Qué diferencia habría habido si la gente pensaba que había ido a Wharton en vez de a la Universidad de Texas? Y tú le habrías dado la recomendación.
Nicolás: Sí, pero ésa no es la cuestión. Lo que hiciste fue que sintiera que no era lo bastante bueno para ti. Diste a entender que te avergonzaba su pasado. Por eso se marchó. No por el papel.
Lali sintió que se le revolvía el interior. Se le acaloró el rostro y quiso huir. Era terrible. Quería tanto a su padre, y para que él estuviera avergonzado...
Nicolás: Mariana, cometiste un error. Todos lo hacemos. Pero tú jamás lo reparaste. Ahora se te presenta esa oportunidad. Repáralo con Peter.
Lali: Aunque diga que lo siento, nada cambiará.
Nicolás: Sí. Te cambiará a ti. Te devolverá algo que perdiste.
Lali: ¿Qué?
Nicolás: Tu orgullo. ¿Sabes?, puede que Peter no fuera el hombre adecuado con el que casarte, y aún afirmo que eras demasiado joven, pero en muchos sentidos fue bueno para ti.
Lali: ¿Bueno? —preguntó con voz aún ahogada por la emoción.
Nicolás: Sí. Nunca fuiste más feliz, y nunca estuviste más dispuesta a aceptar los desafíos de la vida como cuando estabas con él.
Lali: Papá, tuviste razón la primera vez. Era demasiado joven, ingenua. Por ese entonces entendía pocas cosas.
Nicolás: Y ahora que entiendes tantas, ¿eres más feliz?
Lali: ¿Más feliz? —lo meditó un momento, y lo que apareció en su cabeza fue su trabajo. Pero le faltaba algo crucial. Una llave que una vez tuvo pero que había perdido— No lo sé. Pero sí soy mucho más sensata.
Nicolás: Supongo que eso tiene su mérito.
Lali apretó la mano de su padre y suspiró. No se equivocaba. Era hora de encarar a Peter y cerrar ese capítulo de su vida.
Lali: Le diré que lo siento. Se lo debo. Pero nada más, papá. No puedo... No volveré a arriesgarme a sentir otra vez ese tipo de dolor. Ni aunque eso haga que te avergüences.
Nicolás: Ahora mismo —su mirada se tornó tierna— no podría estar más orgulloso de ti —carraspeó y se reclinó en la silla— Bueno, la leche se está enfriando. A tu madre no le gustará.
Lali: Gracias, papá.
Nicolás: De nada. Es hora de que duermas algo.
Ambos se levantaron y ella lo observó mientras iba a su dormitorio. Había cambiado en los últimos años. El pelo se le había puesto más blanco. Su paso se había vuelto más lento, pero seguía siendo su héroe. Y siempre lo sería.
Lali se dirigió hacia las escaleras. Con mucho esfuerzo llegó a su cuarto y logró quitarse la ropa y ponerse el camisón antes de dejarse caer pesadamente en la cama. Sin ayuda de un espejo se quitó los postizos y luego se cepilló el pelo.
Lo único que le quedaba era desprenderse del maquillaje; luego podría dormir y dejar de pensar y de sentir.
Cuando al fin se arrastró a la cama, pensó en lo que le esperaba. Disculparse con Peter no iba a ser fácil. Sin embargo, por primera vez en años se sintió extrañamente en paz.
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