domingo, 18 de marzo de 2012

Capítulo 18


La soltó. Pero él no retrocedió. La mente de Lali le decía que se apartara de inmediato. Estaba comprometida con otro hombre. Peter ya no era suyo... nunca más volvería a serlo. Pero era como hallarse atrapada en un campo magnético.

Pasó otro momento; él se hallaba tan quieto y callado, que lo único que oía ella era el palpitar de su propio corazón. Luego, los dedos de Peter encontraron su barbilla y le alzó la cabeza. Lali abrió la boca para decirle que parara, pero él la silenció con un beso. Gimió al sentir su sabor y el contacto de sus labios.

Peter: Maldita sea, Lali —dijo, liberándola del beso para capturarla con sus manos mientras bajaban con pasión por su espalda— ¿Por qué demonios no pudiste dejarme en paz? —La cabeza de ella cayó a un lado y sintió que oscilaba, lista para ceder al momento, para dejar que su cuerpo venciera. Pero...

Peter encontró los botones y terminó de desabrocharle la blusa. El contacto sobre su piel hizo que gimiera.

Lali: Oh, por favor —suspiró, odiando el trozo de seda que representaba la última barrera. Él le soltó el sujetador y le frotó los pezones rígidos con las palmas de las manos, para luego apresarlos con ellas.

Lali se adelantó, cautivada por el contacto familiar, preguntándose cómo había podido pasar tanto tiempo sin él.

Los labios sustituyeron a la mano derecha; lamió, jugueteó, succionó. El gruñido bajo que emitía Peter era el sonido de un animal. Lali arqueó la espalda y se agarró a sus brazos. Luego él bajó, y el ruido de la cremallera la sacó del trance como si hubiera recibido un cubo de agua fría. Dio un paso atrás, quebrando el dominio invisible de él. El aire sobre sus pechos hizo que se sintiera increíblemente desnuda, y de inmediato se cubrió con la blusa.

Lali: No, para —dijo
Peter: Lali, no.

Ella pasó a su lado y consiguió abrir la puerta del vestidor. La luz le provocó una mueca, y el pensamiento de lo que había estado a punto de hacer la encogió.

Al volverse, en su cara vio una expresión de ansia y dolor en su rostro, tan clara y descarnada, que sintió un nudo en el pecho. Pero entonces la expresión se desvaneció como si hubiera activado un interruptor.

Lali: Vete, Peter.
Peter: ¿Cómo podes decir eso después de lo que acabamos de hacer? —preguntó— ¿Después de lo que acabamos de sentir?
Lali: Ya no soy tuya —dijo, y se volvió, desesperada por abandonar el vestidor y su proximidad. Él se plantó detrás y le aferró los hombros.
Peter: Sí que lo sos. Quizá te cases con otro hombre, pero sos mía. Siempre serás mía. Puedes engañar a los demás, Lali, pero a mí no. Te conozco demasiado bien. Conozco los anhelos y las necesidades de tu cuerpo. Conozco cada pequeña curva, cada deseo secreto. Y sé cómo satisfacerte, Lali. ¿Recuerdas? —acercó la cabeza y con la boca le tocó la oreja ¿Recuerdas cómo lo suplicabas? —susurró— Yo sí. Yo lo recuerdo todo.
Lali: No —pidió ella, soltándose— No me hagas esto. Dejé de amarte. Dejé de hacerlo.
Peter: Mírame. Mírame a los ojos y repítelo.

Se obligó a alzar la vista, pero no estaba preparada para lo que vio. El rostro de Peter se veía acalorado. Como si lo hubiera traicionado al decir «no». Como si tuviera derecho sobre ella y se lo negara.

Lali: No —repitió, meneando la cabeza, sin querer que fuera verdad.
Peter: Sí. Y en el armario anoche, tú también lo recordaste todo. No puedes negarlo. Sentí cómo deseabas gritar. ¿Lo haces con Pablo? ¿También él consigue que supliques?
Lali: ¡Callate!
Peter: Dime cómo es él, Lali. Dime qué te hace que yo no pueda hacer.
Lali: Es un caballero —se volvió para mirarlo— Jamás me haría esto.
Peter: Es verdad. No lo haría. Él jamás te desnudaría en un armario. Es un caballero. Pero tú no necesitas un caballero. Porque bajo esos vestidos y joyas de miles de dólares vos no sos una dama.
Lali: Ahí es donde te equivocas —afirmó ella— Siempre he sido una dama. Sólo fui a divertirme a los barrios bajos un tiempo, eso es todo.

Él retrocedió como si sus palabras le hubieran asestado un golpe en el estómago. Ella lamentó decirlas, deseó retractarse. Peter la confundía, la enfurecía.

La soltó. Lali sintió su temblor, el control de cada uno de sus músculos para contener su ira. No dejó de mirarla a los ojos, obligándola a enfrentarse a lo que había dicho y a lo que sus palabras le habían hecho.

Peter: Puede que fuera una diversión en los barrios bajos, pero al menos conmigo estabas viva. Tenías sueños. No eras un pequeño fantasma asustado que se ocultaba en su bonita casa. Por lo menos hasta que lo destruiste todo. ¿O es que tampoco recuerdas eso?

Entonces, él dio media vuelta y se marchó. Ella se quedó quieta, tratando de recuperar el aire y de calmar los latidos furiosos de su corazón. Más que nunca supo lo peligroso que era Peter... porque sabía quién era realmente ella.

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