domingo, 18 de marzo de 2012

Capítulo 5

Cerró la puerta a su espalda y se plantó ante el espejo para tratar de arreglarse y, lo más importante, intentar comprender qué acababa de suceder.

¡Santo cielo, parecía una mujer que hubiera gozado del sexo en un armario! Aunque el lápiz de labios había desaparecido, casi todo el que llevaba Pablo lo tenía en el cuello. Grandes manchas blancas, negras y rojas veteaban sus mejillas, e incluso sus pechos. Menos mal que nadie la había visto. El cabello, con su masa de postizos rizados y revueltos, parecía electrificado. Como si le hubiera caído encima un rayo.

La imagen la hizo sonreír. Tampoco se equivocaba demasiado. Haber visto a Pablo bajo esa nueva luz era como si de repente hubiera recibido un rayo. Mientras se cepillaba el pelo trató de averiguar por qué. ¿Por qué Pablo ocultaba su lado apasionado como si no formara parte de él?

Con una toalla se quitó las manchas. Al terminar, no había ni rastro del Fantasma en ella. Una idea la paralizó. Quizá él tuviera miedo de esa parte salvaje que llevaba en su interior. Tal vez temía que si la dejaba salir no podría volver a fingir que era el viejo Pablo.

Para ser sincera, también a ella la asustaba. Lo que le había hecho no se podía controlar. Esa clase de intensidad provocaba que la lógica desapareciera y que el decoro volara por la ventana. Hacía que una persona realizara tonterías. Cosas dolorosas.

El principal motivo por el que había decidido casarse con Pablo era que con él sabía que su cabeza abriría el camino, y su corazón, y lujuria, nunca volverían a llevarla hasta el precipicio. La última vez eso casi la había matado.

Quizá fuera un desliz, instigado por la noche y el champán. Pablo jamás bebía. La situación podría haber sido resultado de demasiado espumoso y poca comida. Si ése era el caso, entonces se hallaba a salvo. Al menos casi siempre; no estaría mal comprar algo de champán una o dos veces al año. Pero la mayoría de las veces lo querría sobrio y cuerdo. Deseaba al Pablo que había llegado a gustarle, incluso a admirar.

Dejó el cepillo. El lápiz de labios era historia, pero no podía evitarlo. Al menos no daba la impresión de que acabara de salir de la cama. Aunque esa noche, ¿quién lo habría notado?

Comprobó una última vez su imagen y vio que tenía la parte superior del vestido desabotonada. La recorrió un escalofrío al recordar sus manos, y sus labios, al buscar la unión de sus pechos. «Qué demonios», pensó. Abandonó el tocador sin abotonársela, y estuvo a punto de tropezar con Cenicienta que mostraba la urgente necesidad de entrar en el cuarto de baño.

Ya era seguro ir en busca de Pablo. Al menos en términos de decoro. Pero por primera vez desde que lo conocía, experimentó un nudo de tensión en el estómago. Pablo... el dulce, tranquilo y predecible Pablo. ¿Qué había hecho? Un momento de abandono. Un desliz. ¡Un error de juicio! Lo único que deseaba era oír campanas. No una orquesta de sesenta y cuatro instrumentos.

—¿Dónde has estado?
Lali: En el tocador —se volvió al oír la voz de Rochi, esperando que no notara el rubor.
Rochi: Te olvidaste algo— Lali de inmediato se tanteó la falda.
Lali: Oh, no —comentó— ¿Se nota? ¿Se puede ver?
Rochi: Eso es interesante —comentó— Yo me refería a tu máscara. ¿Qué es lo que se nota? —Lali supo que ya no podría ocultar el rubor— ¿Qué hacías en el tocador? —preguntó su amiga— ¿Y con quién?
Lali: Nada. Sólo me cepillaba el pelo, eso es todo.
Rochi: Hmm.
Lali: Para, Ro. No hacía nada. Debo ir a ver a los invitados —empezó a marcharse, pero Rocío la agarró del brazo.
Rochi: No. No te irás hasta que me lo cuentes.
Lali: Por favor, deja que me vaya.
Rochi: Y un cuerno. Vamos, Lali. Suéltalo— Suspiró y se volvió hacia Rocío. Conociéndola, no existía manera de que pudiera escapar. Su amiga era muy perspicaz para captar una mentira.
Lali: Estaba con Pablo, eso es todo —confesó en voz baja.
Rochi: ¿Con? ¿Cómo de con?
Lali: Con con.
Rochi: ¿En serio? —los ojos se le abrieron mucho bajo la máscara —Lali asintió— ¡Santo cielo! ¿Aquí? ¿Delante de todas estas personas?
Lali: No vendimos entradas, Ro —cruzó los brazos.
Rochi: ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Os metisteis en el cuarto de baño? ¿En la ducha? ¿En el patio de atrás?
Lali: No. Lo hicimos en el armario— Rochi soltó un grito. Las personas que estaban cerca la miraron. Lali pensó en encerrarse toda la noche en el tocador.
Rochi: ¡Vaya! Cuéntame. ¿Fue bueno?
Lali: Rocío, ¿quieres bajar la voz, por favor? — sonrió— No quiero que esto salga mañana en los periódicos, ¿ok?
Rochi: Ok —bajó la voz a un susurro de conspiración— Cuéntame. Me muero por saberlo.
Lali: De acuerdo. Fue bueno.
Rochi: ¿Cómo de bueno?
Lali: Muy bueno —de pronto no pudo mirar a su amiga a los ojos—Muy, muy bueno.
Rochi: Dios mío.
Lali: ¿Quieres dejar de decir eso?
Rochi: Estoy tan orgullosa de ti.
Lali: ¿Orgullosa?
Rochi: Lo hiciste. En una fiesta. En el armario de tu madre, por el amor del cielo. Esto es algo grande.
Lali: Si no bajas la voz, voy a estrangularte con tu propio pelo.
Rochi: De acuerdo, de acuerdo —la sonrisa de Rochi pareció dolida— Vaya, Lali, no pensé que tuvieras las agallas para ello. Estupendo por ti.
Lali: Gracias... supongo. Ahora, y si has terminado, debo ir a buscar a Pablo. Aún hay invitados que atender —se dirigió hacia el salón y Rochi se unió a ella.
Rochi: ¿Fuiste tú quien instigo el encuentro en el armario?
Lali: No quiero hablar de ello.
Rochi: Claro que sí.
Lali: No.
Rochi: Yo te lo cuento todo.
Lali: Eso es porque eres una exhibicionista.
Rochi: No, cariño. Esta noche lo eres tú— Lali soltó una risita. Luego cometió el error de mirar a Rochi. Estalló en una carcajada, sin poder caminar ni hablar. Sólo fue capaz de agarrarse el estómago y reír. Las lágrimas le corrieron por la cara y todos las miraron, pero no pudo parar. Lo intentó. Sin embargo, cada vez que miraba a su amiga volvía a estallar.

—¿Qué pasa con ustedes dos?—

No hay comentarios:

Publicar un comentario